Fuente: SIETELUCES 22 octubre 2020

En honor a San Rafael Arcángel



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


José Antonio Iniesta

III

Medicina Dei

22 de octubre de 2020

Cuánto misterio detrás de la puerta grande, tras recorrer el pasillo entre los bancos en los que tanta gente se ha postrado para rezar a San Rafael, al llegar a su altar en una antigua ermita que corona un cerro lleno de enigmas. Detrás del símbolo de su efigie, de ese arcángel coronado, con escudo y espada que a tantos desconcierta, para un sanador que caminó con forma humana con el nombre de Azarías, hay una inmensa historia de eones, que abarca el infinito espacio, el giro de las galaxias, más allá de todo tiempo y espacio.

Cuánto que hacer tienen los ángeles para salvar almas, abrir puertas con las que alcanzar el reino de los cielos y librar batallas con legiones oscuras de demonios, ángeles caídos que renegaron de la gloria divina.

Habrá que viajar en el tiempo y recordar a un personaje singular, Tobit, también conocido como Tobías padre, que era hijo de Tobiel y padre del joven Tobías, el mismo que es representado por la criatura de mirada ensimismada en la imagen de nuestro San Rafael de Hellín, el que lleva en la mano el pececito que a mí me parecía como si estuviera vivo. Ahora mismo, mientras escribo, los contemplo a ambos, con el dorado resplandor de las vestiduras en las estampas que tanto besó mi madre a lo largo de su existencia.

Tobías era un piadoso israelita que fue llevado preso desde Tisbe a Nínive en tiempos de Salmanasar, rey de Asiria. A pesar de haber ejercido la virtud de la misericordia, de haber manifestado siempre su amor a su prójimo, cayó en desgracia ante el nuevo rey, Senaquerib. Su único “delito” a ojos del tirano fue enterrar los cadáveres de quienes habían sido víctimas de sus atrocidades. Tanto hace siglos, como hoy mismo, ni la compasión, ni el amor al prójimo, ni la virtud como hábito de vida, libra a nadie de la perfidia de tanto ser oscuro como se revuelve en su propia desidia.

Fue restituido su honor, y liberado, bajo el reinado de Saquerdón, mas una nueva desgracia se le viene encima. Se queda ciego al caerle en los ojos excrementos de golondrina. Viene el dolor, la agonía, el sufrimiento interior, y ante tanta tribulación le pide a Dios que acabe con su vida. Pero Dios, que siempre trenza lazos de luz para socorrer a quienes se lo merecen, obra con su amor en el juego del destino.

Su hijo Tobías, el del pececito de nuestra ermita, hace un viaje a Ragués para recoger una cantidad de dinero que había depositado en la casa de Gabael. Y es acompañado por un misterioso caminante, que no es otro más que el mismísimo San Rafael, nuestro bendito arcángel, encubierto en la naturaleza humana de Azarías, hijo de Ananías. Así son de sorprendentes los ángeles, que unas veces nos susurran al oído sin que los veamos, y otras se manifiestan en las visiones y nos muestran los haces de luz que surgen de su espalda, que no deja de ser una recreación de una más de las formas que pueden adoptar, lo que ha sido representado a lo largo de la historia como alas cubiertas con plumas. Otro misterio, en este caso de la ignorancia humana, porque a ver a qué cuento hay pintar con alas emplumadas a ángeles que no son aves.

Llegó la noche, les alcanzó el silencio bajo las estrellas y descansaron en la orilla del Tigris, donde según el relato, un gran pez intentó devorar a Tobías. El ángel de Dios, arcángel glorioso, le gritó entonces:
“Agarra el pez y no lo dejes escapar”. “Abre el pez, quítale la hiel, el corazón y el hígado y guárdalos; tira los intestinos. La hiel, el corazón y el hígado son medicinas excelentes”.

Aquí se manifiesta su conocimiento de una medicina ancestral, lo que hace honor a su nombre angélico como atributo de Dios relacionado con la sanación. De ahí que, en la rodela o escudo de nuestro patrono, aparezca el texto en latín “Medicina Dei” (Medicina de Dios).

Siguiendo las instrucciones de Azarías, Tobías abrió el pez y desechó el resto, sin olvidar preguntarle durante el viaje por esa extraña medicina que había compartido con él. Y así fue dándole explicaciones sobre el remedio de curación que acababa de recibir.

“Se queman, el corazón y el hígado del pez delante de un hombre o una mujer atormentados por el demonio o por un espíritu maligno, y desaparece todo tormento para siempre. La hiel sirve de ungüento para las manchas blancas de los ojos; se sopla sobre ellas y se curan”.

Cómo conocen los ángeles el futuro de los seres humanos, siendo emanaciones de luz del propio Dios, que todo lo sabe. Azarías-Rafael, tan pronto como llegaron a Media, le sugiere a Tobías que tome por esposa a Sara, una mujer que estaba siendo terriblemente acosada nada más y nada menos que por el demonio Asmodeo, uno de los más poderosos de toda la corte infernal, que provocó la muerte de sus siete maridos antes de llegar al tálamo nupcial. Así que ella no había podido tener hijos. Tobías temió perecer en el intento, sabiendo del poder y la infamia de los demonios, algo que han olvidado los seres humanos del siglo XXI, creyendo que los ángeles de la luz y los caídos son el fruto de los mitos y las leyendas, y así nos va en el intento, incapaces de entender la gran batalla que se libra en lo invisible y no tan invisible.

San Rafael, que es puro entendimiento y remanso de sabiduría, le aconseja:

“Cuando entres en el tálamo nupcial, toma un trozo del hígado y del corazón del pez y échalos en el rescoldo del perfumador. Dará olor, y en cuanto huela, el demonio huirá para no volver más”.
Qué prodigio el de los símbolos que la historia nos trae al conocimiento, como el viento lleva las semillas de un lado para otro, propiciando el futuro de la germinación, de las flores y los frutos. Así que hay que leer de otra forma, ver con otros ojos, desentrañar lo que los tiempos antiguos dejaron para las nuevas cosechas.

Tobías hizo lo que Azarías, nuestro arcángel San Rafael, le había dicho y Asmodeo huye para refugiarse en el Alto Egipto. Pero San Rafael, no como Azarías, sino con su vuelo incandescente, como guerrero de la luz que es cada uno de los ángeles, emprende su búsqueda, lo encuentra, lo ata y lo deja inmóvil. El buen hijo del noble Tobit sobrevivió, se casó con Sara, cobró el dinero de Gabael y regresó a Nínive, donde su padre le esperaba anhelante, desesperado, con el alma en un puño. Nuestro joven Tobías, el del pececito que parecía vivo en mi infancia, y aún me lo parece, llevaba en la mano la hiel del pez, sopló sobre sus ojos y le dio el más hermoso de los abrazos para darle ánimos. Más tarde, con sus propias manos, le quitó las manchas blancas de los lagrimales y le devolvió la vista.

Finalmente, Azarías reveló su verdadera personalidad dirigiéndose a Tobías padre y a su hijo:
“… Mejor es la oración con ayuno, y la limosna con justicia, que la riqueza con injusticia. Buena era la limosna, y mejor que amontonar los tesoros. La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado (…). Cuando enterrabas a los muertos yo estaba junto a ti. Cuando dejabas la comida para dar sepultura a los muertos, yo fui enviado para probarte. Y Dios fue también quien me envió para curarte a ti y a Sara, tu nuera. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están ante la gloria del Señor y lo asisten”.

Cuando escucharon estas palabras, ambos se estremecieron, se inclinaron, poniendo su rostro en la tierra y a la sazón, sintieron pánico, cosas de aquellos tiempos, y seguramente de estos de ahora, aunque ese inmenso regalo no debería ser para sentir miedo, sino para llorar a lágrima viva de júbilo infinito. Cuando se levantaron ya no lo vieron, pero “Bendecían y cantaban a Dios y le daban gracias por sus maravillas, porque se les había aparecido un ángel de Dios”.

En verdad, los ángeles nos prueban. Su invisible vuelo, hasta que se dejan ver, nos envuelve desde que nacemos hasta que morimos, aunque casi todo el mundo quiera incluirlos en los relatos para niños, los cuentos de hadas o la fantasía de los cronistas de todos los tiempos. En verdad, ellos nos siguen desde la cuna hasta el ataúd, nos miran con sus ojos de luz y saben todo lo que nos alegra y nos hace llorar a lo largo de una existencia. Mensajeros son, abren las puertas del reino de la luz y siempre nos sonríen, aunque no los veamos…

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.


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