Fuente: SIETELUCES 7 abril 2020

Ave Fénix
Crónicas de la esperanza contra el coronavirus
XXIV
Escribiendo en el futuro y recordando el pasado
José Antonio Iniesta



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


7 de abril de 2020. Veinticuatro días en este rito iniciático de la supervivencia, preparándome para vivir algún día un nuevo futuro. Dejadme que sueñe, que la esperanza nos pertenece a todos y cada uno hace suya la que quiere. Permitidme fabular lo que empezará a ser el mundo dentro de poco, contado desde un lejano futuro. Al fin y al cabo, soñar es gratis, pero no es descabellado el poder de la imaginación, de la visualización creativa, pues los sueños son los que han movido al mundo. Los que fueron considerados locos, ahora son admirados como los pioneros de algo que era imposible creer que pudiera manifestarse, pero que ahora es una realidad en el presente.
Dejad que sueñe y que fabule a mi manera escribiendo en un futuro lo que sucedió cuando por fin desapareció la pandemia.
Recuerdo como una ensoñación aquella pérfida plaga que transformó nuestra realidad de la noche a la mañana. Nunca podré olvidar que movía muchísimas veces la cabeza preguntándome si realmente estaba sucediendo aquello tan devastador que encerró a los seres humanos en sus casas, mientras que las más diversas especies de animales se acercaban más y más a las ciudades, hasta que caminaron tranquilamente por sus calles.
Cuando cogía el coche para llevar comida a los animales que se habían quedado en la casa de campo, el tiempo justo para ir y regresar al hogar en el que me sentía protegido, donde estaba experimentando mi propio confinamiento, veía más y más calles vacías que me ponían un nudo en la garganta. El día más intenso y doloroso fue aquel Domingo de Ramos en el que toda la ciudad estaba completamente desolada, ni un solo coche vi circulando por las grandes avenidas que en otra línea de tiempo habrían estado por todas partes, con miles de seres humanos disfrutando de la Semana Santa. Completamente vacías, Dios mío, con ese silencio espeso que me atragantaba, como el de Londres, como envolvía con toda su densidad a la Fontana de Trevi, en Roma, donde arrojé una moneda con el deseo de regresar algún día, y a París y su Torre Eiffel, y tantos y tantos cruces de caminos de tantas urbes. Tan solo, incomprensiblemente solo, sin ver a nadie a mi alrededor, me sentí como el protagonista de la película de ciencia-ficción, “Soy leyenda”. Y aún lo parecía más cuando mi perra Rasa me recibió con su incontenible alegría. Ahora, tantos años después, me cuesta comprender que todo un mundo se paró durante días y días, poco a poco, como un tren enloquecido que tuvo que parar bruscamente hasta detenerse por completo en una vía vacía, inmensamente vacía, por la que no dejaban de cruzar los animales.
Todavía siguen investigando cómo surgió este extraño virus, amontonando informes y más informes en estanterías, por si alguna vez llega otra pandemia que nos dé un palizón, como aquella vez que se lo dio a una humanidad más que confusa antes de que apareciera el coronavirus, porque los grandes santuarios de la biodiversidad, donde se preservaba el futuro y la garantía de vida del mundo que conocíamos, ardía por los cuatro costados sin que ningún gobierno lo impidiera.
Pero entonces llegó el Covid-19, al que nunca vimos cara a cara, salvo en las fotografías que habían conseguido los epidemiólogos, que ahora son muchos más y más sabios, y nos cambió la vida por completo. Nos entregó a ese gris entretenimiento de tener miedo y reflexionar en lo que habíamos perdido a partes iguales. De forma sorprendente podíamos hacer las dos cosas al mismo tiempo. Y sucedió algo inexplicable, pues teníamos todo el tiempo del mundo para hacer de todo, pero apenas hacíamos nada, como si el tiempo de cada día se encogiera, casi abducidos como estábamos por una interminable colección de vídeos, mensajes, bulos que se multiplicaban, memes, llamamientos para quedarse en casa, recomendaciones para no contagiarnos y también incontables formas de hacer el tonto, desarrollar el ingenio y entretenerse de formas inimaginables hasta ese momento.
Fue por aquel entonces la primera vez que empezamos a ver que los cielos podían descontaminarse a una velocidad de vértigo, cuando descubrimos sin análisis científico que el poder de recuperación de la Madre Tierra es inmenso. En quince días llegó a limpiar la práctica totalidad de la porquería que le habíamos echado a las nubes en muchos años.
Fue duro comprender que por más que fuéramos una parte de este planeta, no nos necesitaba, no éramos imprescindibles, porque seguiría evolucionando estuviéramos o no sobre la faz de la Tierra. De hecho, muchos cayeron en la cuenta de que ya era maestra en eso de encontrar el equilibrio millones de años antes de que el ser humano empezara a intentar ser la humanidad que somos ahora.
Como sucede en las guerras entre humanos, la creatividad no solo no desapareció, sino que cobró formas insospechadas. Los balcones se llenaron de dibujos de arco iris, los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que hasta ese momento habían sido tan serios y distantes, empezaron a celebrar cumpleaños para los niños que no podían pisar la calle. Algunos hacían pantomimas, hasta bailaban, y todo el mundo se dio cuenta, más que nunca, de que dentro de sus uniformes seguía habiendo seres humanos, que tenían corazón como los demás, incluso más en ocasiones, que también tenían familia e hijos a quien echar de menos en esos momentos. Y, además, como muchas otras personas, de muchos oficios diferentes, se jugaban la vida para que nosotros estuviéramos protegidos. Arriesgaban su vida para que nosotros no la perdiéramos.
Fue entonces cuando la sociedad asistió al asombroso despliegue de sanitarios de todos los niveles y disciplinas, que se hacían EPIs con bolsas de basura y recibían como material de urgencia gafas protectoras de los que buceaban o montaban en moto, y mascarillas que personas anónimas confeccionaban con las máquinas de coser que ya habían sido convertidas en objetos de adorno. Ahora podemos pasear al aire libre, eso tan sencillo que teníamos y que luego nos llegó a parecer un sueño, y nos alegra dar de comer a los gorriones y a los palomos junto a los numerosos monumentos que las ciudades levantaron en su honor. Por los que sobrevivieron, que fueron la mayoría, y por los que murieron, que estarán siempre en nuestro recuerdo y en nuestro corazón.
Ahora hay monumentos de sanitarios por todas partes, se levantan en todas las ciudades, y nos conmueve ver a esos hombres y mujeres de granito o de bronce cubriéndose el rostro con mascarilla en una plaza pública. Fueron y serán para nosotros los superhéroes y superheroínas que, en vez de máscara, llevaban mascarilla.
Con el tiempo se hicieron cómics con sus aventuras, hay infinidad de libros y películas que cuentan la hazaña de todo un mundo que afrontó con valentía el desafío de un virus. Y yo todavía sigo preguntándome si un virus es o no un ser vivo, si no es capaz de reproducirse por sí mismo, si teniendo genoma por qué no es capaz de multiplicar por su cuenta sus genes, de dónde narices salió y por qué mutó hasta ponernos a todos los humanos la cara como si fuera el rostro de un museo de cera.
Me enterneció la incontable relación de obras literarias, composiciones musicales, pinturas, todo y cuanto surge del arte y la inventiva humana, que apareció en aquellas amargas fechas, lo que era prueba indiscutible de que a pesar de que vivíamos esa tragedia con inmensa angustia seguíamos celebrando la vida.
Lo que más me emociona es pensar que cuando salimos a la calle, poco a poco, que no fue en tromba, y aunque tuvimos que llevar durante mucho tiempo mascarilla, hasta que por fin dejaron de existir los contagios, lo hicimos como quien vuelve a un sitio que lo ha perdido de alguna forma, que ya no nos pertenece, o al menos no con la vileza con la que muchas veces se hacía.
Nos parecían templos del espíritu los parques, nos sorprendía volver a ver reír a los niños, tirándose al suelo como siempre lo habían hecho, y si antes habíamos considerado que los perros eran los mejores amigos del ser humano, a partir de ese momento los abrazamos como nunca antes lo hubiéramos imaginado. Es sorprendente ver también la cantidad de murales, esculturas, relieves en la pared, que desde entonces honran la memoria de los perros que sirvieron de excusa a tantas personas para poder caminar por las calles más de lo que nunca hubieran creído que podrían hacerlo.
La pandemia nos cambió la vida a todos. Fue dura, una pesadilla, pero vimos la muerte tan cerca, a fuerza de verla llevarse a tantos seres, día a día, que después de eso la existencia nos parecía un regalo del cielo. Se nos había caído de un manotazo la soberbia como especie humana, y unos por tener el corazón limpio como siempre lo habían tenido, y otros por puro instinto de conservación, comprendimos que nuestra evolución no podía ir en sentido contrario a la de la Madre Tierra, que toda la fauna y flora del planeta compartía con nosotros un mismo destino.
En muchos centros de cultura universal de lo que empezaba a ser un nuevo planeta se crearon archivos para conservar todo lo que de ingenio y talento había sido la creatividad humana, y hoy se puede acceder libremente a todas las aportaciones de millones de seres humanos.
Mis crónicas fueron tantas que pude reunirlas en un par de libros, y de vez en cuando abro uno de ellos con los ojos cerrados, pongo el dedo índice de la mano derecha sobre una página y reflexiono sobre lo que escribí en ese párrafo que el aparente azar me muestra. Se ha convertido en un oráculo en el presente de lo que viví en el pasado, y me enseña, si tengo tentación de dormirme en los laureles, que hubo un tiempo en el que todos temíamos por nuestra vida. Ya pasados tantos años tengo que confesar que nunca me había sentido tan asustado, temiendo por mis seres queridos, pero también por todos y cada uno de los que pudieran ser devorados por un terrible y ciego destino.
Y ahora, cuando a veces me parece aquello un mal sueño, y tengo que hacer un esfuerzo para pensar que fui testigo del azote de una de las grande pandemias que ha sufrido nuestra humanidad desde el comienzo de los tiempos, sonrío y pienso de qué forma tan asombrosa lo que parece absolutamente terrible, y lo es, con creces, es también la prodigiosa maquinaria celestial de un Universo que siempre busca desesperadamente la armonía cuando el caos se ha desatado y pone en peligro cualquier equilibrio. Es ciencia pura, es ley de causa y efecto, leyes universales de las que no se libra ni la Madre Tierra.
Me estremece ver cómo cambiamos los seres humanos desde entonces, qué inmenso valor le dimos a la familia, esa estructura de seres humanos unidos por un destino que teníamos tan segura que no la valoramos como se merecía hasta que estuvimos a punto de perderla.
Cuánto cambió, Dios mío, la forma embelesada de mirar a los ancianos, de acariciarlos suavemente con lágrimas en los ojos, de tenerlos al lado como el tesoro más preciado, llenando nuestros corazones con la sabiduría que ellos habían atesorado a lo largo de una intensa vida.
Las residencias ya no son como antes, han dejado de ser aparcamientos de ancianos para convertirse en jardines de infancia, de una nueva infancia, por pura necesidad de algunas familias, a las que les es imposible cuidar en casa a los ancianos, pero ahora se han convertido en un puente de continua convivencia con sus hijos y nietos. La mayor parte de ellos está en casa, con tanto amor y consuelo, que la nueva humanidad ha aprendido a disputarse, por decirlo de alguna forma, el privilegio de reflejarse en sus pupilas. Todos y cada uno de los supervivientes más jóvenes se grabaron a fuego, si es que nunca antes lo habían pensado, que algún día ellos también serían ancianos, y querían dejar un buen ejemplo en sus hijos para que también pudieran ser cuidados cuando tuvieran el pulso tembloroso y la vista cansada.
Los animales salvajes que ocuparon las ciudades siguen estando en sus entornos naturales, porque las ciudades están más pobladas que antes, pero la nueva conciencia que surgió tras la pandemia los ve como semejantes, diferentes, pero semejantes. Después de tanto verlos a través de las ventanas, recorriendo las calles, los humanos comprendieron que habían construido desde siempre en los terrenos que les pertenecían a sus antepasados animales.
No hace falta recordar que una terrible crisis económica a nivel mundial vino como segunda oleada del efecto dañino del virus, pero también habíamos aprendido que realmente no necesitábamos tanto para vivir, que ante de la pandemia nos habíamos acostumbrado a acumular de todo, poniendo más énfasis en amontonar cacharros que en tener valores humanos.
Y hasta de todo ese colapso resurgimos victoriosos, poco a poco, que ya habíamos aprendido lo que es la solidaridad en tiempo de guerra, aunque sea contra un coronavirus, por lo que se multiplicaron hasta el infinito las cadenas de favores, los fondos de alimentos para los más necesitados, el compartir comida, dinero y ayuda de puerta en puerta, y que no se me olvide, por Dios, los abrazos, los abrazos gratis y efusivos a todo quisque viviente con el que nos encontrábamos al paso, fuera conocida o no la personas que veíamos.
Aprendimos a reír de otra forma, a mandar a paseo a aquello de “el tiempo es oro”, y por todos los rincones aparecía una nueva y maravillosa frase: “el tiempo es arte”. Se renovó el viejo intercambio de bienes conocido como trueque, los huertos ecológicos, que tanto habían prosperado como experimento en las terrazas y en los patios, y nació un amor sin nombre y sin color, más allá de toda raza, religión, clase social, edad o sexo. Una nueva humanidad renacía de sus cenizas, y no porque la hubiera hundido el coronavirus, sino porque todos nos dimos cuenta de una vez por todas de que lo que estábamos haciendo anteriormente nos conducía inexorablemente al más profundo abismo.
Hace muchos años que acabó la pandemia, y ahora escribo en este presente como si lo estuviera haciendo en aquel pasado, como si todavía estuviera en una extraña Semana Santa, la más rara que antes y después hemos vivido. En verdad, el tiempo no existe, es tan solo un estado interior de conciencia. Siempre me gustó aquello del “No Tiempo”, del “Eterno Presente”, en el que todo sucede al mismo tiempo. Como en aquella época, como ahora durante la pandemia, me da la sensación de recorrer dos líneas de tiempo, la que nos conducía o nos conduce a la destrucción total, y la que nos conducía o nos conduce al salto cuántico más maravilloso que pueda experimentar la especie humana.

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.


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