Fuente: SIETELUCES 6 abril 2020

Ave Fénix
Crónicas de la esperanza contra el coronavirus
XXIII
La resistencia
José Antonio Iniesta



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


6 de abril de 2020. Veintitrés escalones ya de esta empinada escalera que nos lleva a lo más alto de la buhardilla, donde algún día terminará esta pesadilla y veremos el horizonte más bello que ahora podamos imaginar.
Hay tantas resistencias… Está la del brasero y la que nos impide ser lo que somos, que nos corta las alas para emprender el vuelo. Está aquella resistencia a un contagioso virus que está siendo el salvoconducto a la vida para tantas personas. Las convierte en asintomáticas, pero al mismo tiempo les permite ser una peligrosa fuente de contagio para otras. Por eso: ¡Quédate en casa! También es la resistencia que surge de nosotros y nos permite hacer los más grandes esfuerzos y aquella otra obra de sacrificio sin límites, la de los miembros de “la resistencia”, que fue la lucha soterrada y encubierta de tantas personas que arriesgaron su vida para sabotear a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Y cómo no, está la resistencia de nuestros sanitarios, los que declararon su propia guerra al Covid-19, entre los que ya se han contagiado casi veinte mil personas, a quienes rindo mi más sincero y emocionado homenaje.
Pero la resistencia en la que ahora pienso, la más grandiosa que en este país se ha visto, tiene ahora las piernas endebles, a muchos se les han caído los dientes y ya fueron atacados desde hace mucho tiempo por una legión de enfermedades. Apenas se sostienen ya, pero siguen aguantando con sus bastones y sus andadores. Tienen un corazón de grande como un mundo entero. De hecho, todo lo que somos se lo debemos a ellos, todo, absolutamente todo…
Guardan su dentadura postiza encima de la mesilla y coleccionan como el mejor tesoro que pueda tener un ser humano un puñado de fotos que reflejan su historia y la de su familia. Sus abrazos, como sus besos, son infinitos, y lo que más les gusta es tener el cariño de sus seres queridos.
Dios, no hay para mi memoria, mi pensamiento y mis sentidos, nada que encarne de mejor forma eso que llamamos resistencia, pues ya no se sabe cuántas barricadas, campos de minas, alambradas y puentes levadizos han atravesado a lo largo de su larga e intensa vida.
Me inclino ante seres tan asombrosos, auténticos guerreros de la existencia que, sin armadura, sin espada, han sabido darnos la lección más grande que pueda ayudarnos a ser la nueva resistencia de la vida.
Son nuestros mayores, los ancianos, bellísima palabra que a mí me conmueve, “la tercera juventud”, como a mí siempre me ha gustado decir, pero nunca viejos, que eso de ser viejo me suena a trasto inservible, a mueble con carcoma que ya nadie lo quiere.
Entregado desde que nací a compartir amistad con ellos, a recoger el valioso tesoro de su sabiduría popular, he llegado a la conclusión de que nadie como ellos conoce la auténtica dimensión del sufrimiento, convertido en una carrera de obstáculos que nunca termina. Habrá más desasosiego que una serie de trampas del destino que se estira y se estira hasta el infinito…
Ellos vivieron el tormento de algo inimaginable para nosotros, como es una Guerra Civil, una contienda en la que luchaban vecinos contra vecinos, hermanos contra hermanos. Nos confunde y nos provoca angustia estar confinados por un tiempo que nunca será de años y en el que los frigoríficos están llenos o podemos llenarlos tan solo con ir al supermercado, teniendo agua fría y caliente, e infinidad de entretenimientos como para no poder usarlos todos en años y años. Y mortificados por el hambre, asistieron a lo más horrible que puede ser una guerra entre seres humanos, y más todavía, del mismo país, del mismo pueblo, del mismo barrio, y a veces dentro de la misma casa y familia.
Me contaba mi madre lo de los paseos, la innoble tarea de sacar a las tres menos dos a una persona para llevársela a un bancal, a una cuneta, y pegarle un tiro entre ceja y ceja. La muerte golpeaba a la puerta con más fuerza que lo hace ahora, y en ocasiones, sin pedir permiso, la rompía de una patada para arder de puro miedo en las pupilas de los vencidos.
Me contaba mi padre que las aguas del río Ebro bajaban rojas de sangre, y muchos otros horrores que recordaré siempre. Historias de ver caer muertos a sus compañeros, de vigilar a un prisionero que al día siguiente sería fusilado, de hambre y más hambre, tanta que se escapaba entre las alambradas de un campo de concentración para agarrar un trozo de pan para repartir entre sus compañeros.
Aquellos supervivientes de una Guerra Civil, que escucharon el silbido de las balas, el estruendo de los bombardeos, que sabían de la forma de una bayoneta calada y de una refriega de tiros en cualquier esquina, son los mismos que ahora tienen la mirada triste preguntándose si sobrevivirán al acoso del coronavirus. Pero lo hacen, incluso con más de cien años algunos llegan a ver de nuevo la longitud de un pasillo que les conduce a la libertad de lo que les quede de vida, para seguir aprendiendo, y por encima de todo, enseñando. Han triunfado algunos, queda esperanza…
Llegaron vivos a un sarcástico Día de la Victoria, cuando no hay victoria alguna si una nación entera queda arrasada, con cientos de miles de seres humanos que perdieron la vida, un patrimonio histórico por los suelos y una herida bien profunda que por desgracia veo que todavía no se cierra. Pasaron la prueba de fuego que les dejó los ojos llenos de lágrimas y entonces se unió al dolor y al pillaje, al estruendo de los obuses y a los tiros en la tapia del cementerio, una hambruna y la represión de una dictadura, los maquis dando brincos y perseguidos como animales por los cerros y una legión de “topos”, siempre seres humanos, que llegaron a estar escondidos en zulos durante más de treinta años.
Fue durísima la posguerra, para algunos más terrible que la propia guerra, con ese zurrir de tripas en interminables noches y unos hijos a los que no podían dar de comer, ni vestir, ni siquiera quitarles la roña. Tiempo de colchones de borra o de hoja de panocha, de piojos y de liendres, de tiña y de sarna, de represión y de apretar los dientes y refrenar las lágrimas debajo de un candil en las más oscuras de las noches.
Esos héroes y heroínas de la santa paciencia son los mismos que ahora, a paso lento, también abandonan los hospitales. Siguen respirando, nos demuestran que tienen aliento de seres sobrehumanos. Se han dejado a muchos compañeros y amigos en las UCIs, antesalas del cielo, pero siguen creyendo en el futuro y en el abrazo de sus nietos. Ay, bendita esperanza…
Pasó la niebla oscura de esos tiempos de la miseria colectiva de los más pobres en los que por cazar un conejo en las tierras del señorito de turno para saciar el hambre te deslomaban o te dejaban lisiado para toda la vida, como pasó, sin pasar del todo, la repugnante consigna de las mujeres de ser servidumbre, sumisión y esclavitud para los hombres. Pilares de una educación de tiza blanca sobre pizarra negra en la que, como siempre, se exaltaba el ideario del dominio de la élite sobre los que eran considerados los miserables. Y entonces vino el esfuerzo acumulado ahorrando hasta la última peseta, doblando los riñones como nunca lo debería haber hecho un mulo de carga y menos un ser humano. Oficios como los de los esparteros y los yeseros, las duras tareas de sol a sol en la huerta y tantos otros trabajos para los que todas las horas eran pocas. Días de sol de plomo candente y noches de duermevela pensando en cómo comprar los cuatro trastos para la boda, cómo tener cuatro perras para sacar adelante a la prole. Y así las letras y más letras firmadas, el esfuerzo supremo para tener una casa, un hogar donde ampararse en el tortuoso camino de la existencia, el primer coche con el que ir prosperando y dar cuatro vueltas por las carreteras.
Y después de tanto esfuerzo para tener una lavadora y no partirse por la mitad las mujeres que iban a lavar a los lavaderos trapos y más trapos convertidos en pañales, de quitarse el pan de la boca y de seguir apretando los dientes para que nadie se diera cuenta de tanto desconsuelo, ahora se los lleva de una residencia arrasada por el tormento un virus mutante que les quita la vida sin pedirles permiso, de puntillas, sembrando la muerte en los lechos del silencio. Y, aun así, se me arrasan los ojos viendo cómo en silla de ruedas, o caminando, con sus mascarillas cubriéndoles el rostro, algunos sobreviven, esa madera de buena leña como siempre hemos dicho. Cantan victoria, como tantas veces lo han hecho. Algunos han vencido a la muerte, mira que es hermosa la esperanza…
En este pasillo de fuego, como el que atravesábamos los que hicimos el servicio militar, que han recorrido una y otra vez los más ancianos, por si no tenían bastante, ahora que ya se habían ganado más que bien su descanso, cuando tendrían que recibir mil por una que dieron, gozando de una estancia placentera en sus hogares con su familia, surge esa maldita costumbre que aprendieron muchos de sentir que los ancianos son un estorbo, que a ver para qué llevarlos de vacaciones, o sencillamente cuidarlos, y entonces viene la peor de las guerras, más perversa que la artillería, las bombas que tiraban los aviones, el hambre, el tifus y el cólera, incluso más para ellos, seguramente, que esta terrible pandemia: el hijo o la hija que abandona a un padre o una madre. Cuánto silencio mordido de nuevo con los apretados dientes, cuánta historia desgarrada en cada familia, pues siempre habrá un hijo generoso, como también un garbanzo negro que no tiene corazón o nunca ha sabido que lo tiene.
La trinchera y las balas de un mosquetón se convirtieron en la pantalla de un televisor que no da abrazos ni canta un cumpleaños feliz, ni sonríe, ni celebra las navidades. De nuevo, miseria y más miseria. Y en esas lóbregas estancias vacías, de esas residencias a las que nunca quisieron ser llevados, arrancados de las casas que con tanto sacrificio las habían levantado, les sorprendió a traición, sin previo aviso, un virus mutante que apareció en China y se vino porque quiso a quitarles la vida, o dejarlos, entubados, dependiendo de un respirador, al borde de la muerte. Así que se me estremece el alma cuando los sanitarios aplauden cada vez que uno de ellos toma las de Villadiego y vuelve a caminar por una calle, aunque sea con un futuro incierto. Mira que es sublime seguir alentando la esperanza…
Aquellos jóvenes de la trilla, de los mulos de carga, los carros y carretas, cuando podrían compartir con los demás el tesoro de su inmenso conocimiento, de sus risas que nunca son fingidas, de tantos cantares, coplas y romances, los auténticos miembros de la resistencia, que deberían morir en paz cuando les tocara, dormidos, sin sufrir nada, rodeados de hijos y nietos agradecidos por lo que hicieron, recibieron, antes incluso que la pandemia, la más terrible plaga de todas las enfermedades habidas y por haber. Dios mío, ¿pero es que es necesario que el destino sea tan cruel, tan horrible, tan sin corazón, como para que esta buena gente se gane la gloria tantas veces? ¿Acaso no se ganaron mil veces la paz de los últimos días, el consuelo de los seres queridos, disfrutar de los humildes hogares que construyeron con sus propias manos en tantas ocasiones?
Y por si no tenían bastante tristeza cumulada en el alma, por si no eran bastantes sus amargos recuerdos de tantas caídas, tanto impulso al levantarse, tanto dolor de riñones, tanta privación, frío, calor, hambre, desprecio, soledad, espera y más espera sin recibir un abrazo, vino el más repugnante de los azotes que alguien pudiera imaginar en las últimas décadas. Ese viento oscuro que borra la memoria, la maligna goma de borrar de los nombres y los rostros, del amor compartido, de la escuela de la infancia y del poema escrito, la caja de los tesoros de las tradiciones, de los cuentos de hadas, de los juegos populares y de los colores del primer coche y de la primera muñeca.
Entonces vino el alzhéimer destructor, el invasor de mundos, la lacra inmunda que tiñe de gris los hogares. Ese horror imposible de describir que tantos hemos sufrido, viendo cómo los seres que más amamos olvidan lo que siempre han sido. Me quedará siempre en el corazón, después de cuidar a mi madre toda una vida, y entre toda una existencia compartida catorce años mortificados ambos por el alzhéimer, el consuelo de que nunca olvidó mi nombre, nunca, como tampoco olvidó lo que siempre hizo desde que nací: amarme. Sus abrazos infinitos, sus besos incontables, que yo llamaba “de ametralladora”, por ser tan abundantes, siempre serán mi bote salvavidas en este naufragio interminable que es llorar su muerte hasta que me muera.
Y, aun así, con memoria o sin memoria, amparados o sin amparo, el viento denso que te pone un nudo en la garganta los arrancó de sus mecedoras, de sus sillones, de sus camas. Ni siquiera por eso les perdonó el azote del coronavirus, ni compasión tuvo con los que habían sido despojados de lo más sagrado que les quedaba, aparte de la vida, la memoria, la cajita de música de todo lo que han vivido. Pero ahora me embeleso viendo que alguno de ellos le hace un corte de manga a la de la guadaña y el brillo de sus ojos me demuestra que han sobrevivido. Qué dulce y tierna es la esperanza…
Vivieron una guerra, la posguerra, incontables penalidades para crear un hogar, trabajaron a destajo y cuando ya eran mayores, tuvieron que rescatar de nuevo a sus hijos y sus nietos en crisis en las que tuvieron que despojarse de los ahorros de toda una vida, hipotecando sus propiedades para muchos que luego los olvidarían. Llenaron las residencias como si fueran ciudades del olvido y sufrieron las más horrendas enfermedades. Y como guinda del pastel más amargo, ahora se enfrentan a una pandemia. ¿Se puede uno imaginar un argumento más dramático para una película, que no deja de ser la realidad misma de la vida?
Pero sufriendo en esta pesadilla compartida se me llena el alma de alegría al ver que vuelve a haber supervivientes de la resistencia, la más auténtica y verdadera resistencia. Quiera Dios que España recobre del todo la conciencia, comprenda el misterio de estos seres tan grandiosos, que nos han enseñado que la esperanza es el tejido de la luz con el que cubrirse cuando nos acecha la peor de las tragedias. Ellos superaron muchas pruebas y nosotros superaremos esta, aunque solo sea para seguir honrando a quienes hicieron posible lo que ahora somos…

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.


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