Fuente: SIETELUCES 1 abril 2020

Ave Fénix
Crónicas de la esperanza contra el coronavirus
XVIII
Hellín es un fractal del mundo
José Antonio Iniesta



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


1 de abril de 2020. Dos novenarios ya, dieciocho días superando colectivamente una de las pruebas más grandes a las que nos ha sometido la vida, y por su complejidad, por sus implicaciones emocionales de tantas formas diferentes, sin duda la más extraña de mi existencia.
Qué orgulloso me siento de ser hellinero, de haber nacido en esta tierra, “la ciudad del tambor”, que siempre he llamado la “tierra de los prodigios”.
Como todo ha cambiado, de una forma drástica, incomprensible, ahora debería estar preparando mi corazón y mis recuerdos para disfrutar dentro de unos días de una Semana Santa que representa un drama cósmico en el que cada uno siente lo que quiere y puede, pero que sin duda es la raíz de nuestras creencias, de todo cuanto hemos recibido como herencia ancestral a lo largo de los siglos. Pero, si paso por delante de mi tambor, su caja de resonancia reflejará el rostro que no quisiera que fuera de amargura, pero tiene ese gesto del impacto emocional, del dolor del alma, recordando la cifra de 102136 positivos al día de hoy en esta pandemia que en España se ha llevado ya a 9053 seres humanos para siempre, que nos han sido arrancados de la forma más cruel que alguien hubiera podido imaginar antes de que todo esto empezara a suceder, sin poder acompañarlos, sin verlos en el último instante, sin funerales como los de siempre, ni despedidas, ni el duelo que merece todo aquel que pierde a un ser querido.
“Hellín es un fractal del mundo”, quise que fuera el título. Si una catástrofe en cualquier lugar del mundo ya hace que parezca que el corazón se nos sale por la boca, o el hígado, o yo qué sé que se sale, más duro es todavía cuando sabemos que esta tragedia abarca a un mundo entero, de uno a otro confín de la Tierra, que todos esos lamentos ya se escuchan en la selva amazónica y en las praderas del salvaje oeste americano, en el umbral de un templo de Bali y hasta en el desierto del Sáhara. Toda una humanidad está conmovida por una pandemia, por un virus que mata a una parte de la población y al resto le remueve la conciencia y las entrañas y le provoca un shock que hace que tengamos la extraña sensación de percibir múltiples realidades, entre todas ellas, lo que fuimos, lo que somos y lo que nos gustaría ser a partir de ahora.
Cuando la película de ciencia-ficción que habíamos visto en Netflix aparece como un acontecimiento real en todas las pantallas de televisión del planeta, algo se retuerce en nuestro interior y nos obliga a respirar y tratar de entender si lo que estamos viendo no es un espejismo, si seguimos dormidos, si la pesadilla es tan real que creemos que la estamos sufriendo porque no estamos despiertos.
Pero cuando el ejército llega a las calles de tu pueblo para desinfectar instalaciones, tratando de frenar el avance de un virus que ya ha matado a más de cuarenta mil personas de todas las razas del mundo, y empiezan a sonar en los oídos los nombres de las que conoces de tantas situaciones, con las que has convivido toda o buena parte de tu vida, y sientes que el cerco se estrecha y sabes que de una forma terrible, como un clavo que te entrara en las sienes, puede perder la vida cualquier persona que conoces, incluida la tuya, entonces, el nudo en la garganta te duele como jamás te había dolido. La saliva es como ácido que fuera a quemarte la garganta y un mareo te envuelve como si quisiera tumbarte.
Parece que fue hace un segundo cuando comenzó y al mismo tiempo como si hubiera sido hace un año.
Fue un catorce de marzo, me encontraba en el Museo de Semana Santa y Tamborada, trabajando como tantos otros días, cuando en mi móvil, destrozado, aunque sin sorprenderme la noticia, que ya imaginaba muchos días antes, veía a Ramón García, alcalde de Hellín, dando la triste noticia de que se suspendían los actos de nuestra Semana Santa. No era para menos… De pronto, fue curioso, levanto la vista y lo tenía enfrente de mí. En sus ojos podía leer esa ola de tristeza que a todos se nos venía encima. Me decía, amable, cercano, preocupado, que cerrara y que me fuera a casa, que no fuera al día siguiente y que ya veríamos lo que se hacía a partir del lunes.
En ese momento, helado por la angustia, sin apenas decir palabra, sentí que las fichas de dominó empezaban a caer una tras otra, y supe con absoluta certeza que pasaría mucho tiempo hasta que en ese museo se escuchara en los vídeos el redoble de las tamboradas y las bandas de cornetas y tambores de las procesiones.
Con él venía Loli Iniesta, siempre tan afectuosa, tan entregada a su labor e inmensamente generosa conmigo. Viéndolos así, con esa nube gris que nos hundía en un mar de reflexiones a los tres, lo primero que pensé es que, en el fondo, todos somos seres humanos navegando de alguna forma a la deriva, intentando agarrarnos a la vida, todos nos merecemos por igual seguir disfrutando de la mejor forma posible de la existencia.
De una forma inexpresable los sentí muy cerca, sentí afecto por ellos, porque los tres compartíamos ese presentimiento de lo trágico que se nos avecinaba. Se me empezaba a acrecentar esa sensibilidad de hermanamiento que surge ante una desgracia que nos afecta a todos. Y pensé, pensé mucho, en cuántas trivialidades nos ciegan en la vida, cuántas veces los hellineros nos enfrentamos por puras quimeras, o cómo nos enredamos en las miserias de la vida sin necesidad y sin venir a cuento. Que da igual a qué propósito sirva cada uno, el origen, el barrio, la clase social o su filosofía de vida, si todos compartimos un mismo destino, si vivimos en el mismo pueblo, si en el fondo estamos vinculados por un pasado y por un futuro que entre todos construimos, por muchos vínculos de familiares y amigos, toda una red de seres compartiendo un tiempo y un destino por algún designio divino.
Había sentido durante todo ese día el vacío, observando que nadie entraba para ver las imágenes, los mantos, la obra de un sueño colectivo. Había visto con estupor la Plaza de la Iglesia desierta, más desierta que nunca en mi vida. Percibí con todos mis sentidos el miedo que se apoderaba de las calles. El silencio era espeso, y seguía siéndolo cuando me di una última vuelta para despedirme, a mi forma, de cada uno de los símbolos que allí se muestran, mirando con infinita pena las piezas de quien fuera mi amigo José Zamorano desde que mi madre me llevó a conocerlo, porque el molino en el que vivía había sido mucho antes de mi propia familia.
De qué forma más triste he cerrado dos museos en tan poco tiempo, con qué amargura eché la llave en los dos, aunque por causas muy diferentes. Y así recorrí unas calles más solitarias que nunca. Tan solo me encontré con tres o cuatro persona que, cuando cruzamos nuestras miradas, percibí ese mismo silencio que se extendía por todas partes.
Qué triste, por la despedida, pero esperanzador, me pareció el último mensaje que me envió Pablo Cánovas, que tanto ha trabajado para sacar adelante este museo, pensando yo con incertidumbre cuándo volveríamos a vernos de nuevo trabajando por ese sueño en marcha para que fuera disfrutado por todos los hellineros. Qué triste, también por la despedida, pero qué dulce, fue el de Fabiola Jiménez, concejala de Cultura, Feria y Fiestas, que con la extrema amabilidad de siempre me confirmaba el cierre temporal del museo, deseando que nos volviéramos a ver pronto y diciéndome que allí la tenía para lo que necesitara.
Aquella noche, cuando el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, anunció a todo el país la inminente puesta en marcha del estado de alarma por emergencia nacional a causa de esta pandemia, sentí que el mundo daba la vuelta, que la primera ficha del dominó había caído y con ella caerían muchas otras. Y así siguió la noche que daría lugar al primer día de confinamiento, en el que me conjuré conmigo mismo para aportar lo mejor que puedo hacer en estos días, dar esperanza, que a mí mismo me hace falta, sembrarla a manos llenas porque sin duda saldremos de esta pesadilla y sé que cambiará, ya lo está haciendo, nuestras conciencias.
Y esa unión indefinible con Ramón García y Loli Iniesta que sentí en ese museo de cinco plantas donde el silencio me golpeó como pocas veces lo ha hecho en mi vida, es la que he sentido desde entonces con todos aquellos que busco con la mirada, aunque no pueda encontrarlos, tantos y tantos amigos que sería interminable recordarlos a todos, que me los imagino mirando a algún punto de su casa preguntándose qué es lo que está pasando.
Y entre tanta amargura inexpresable de ese primer día de confinamiento renació en mí una ilusión de futuro que no me ha abandonado. Sé, de una forma que espero que alguien pueda entender, que todo esto que estamos viviendo ya estaba escrito en la línea del tiempo, que es la reacción de un mundo que estaba siendo asfixiado por los seres humanos, un ejercicio de defensa propia para preservar todas las especies que viven en el planeta, incluso, aunque no lo parezca, la nuestra, tan digna de amor como cualquier otra para la Madre Tierra. Pero la naturaleza tiene sus propios recursos para reclamar el legítimo equilibrio que le pertenece, poniendo freno y grilletes si hace falta a cada una de las que pongan en peligro a las otras.
E invocando al Ave Fénix que todos llevamos dentro se me llenó el corazón tantas veces al ver que la gente de mi pueblo desarrollaba el humor en tiempos de tragedia, hacia malabarismos de ingenio para que siguieran estando fortalecidas las familias, en estas cárceles temporales en las que hemos convertido nuestros propios hogares. Penitencia, diría alguien, por este tortuoso sendero que nos conducía a un futuro incierto.
Mil y un proyectos a los que nos entregábamos se suspendieron, se quebraron actos importantes y tradiciones, viajes y presentaciones, encuentros, estudios y celebraciones, y hasta puestos de trabajo se han perdido, sumiendo a incontables personas en futuros inciertos. Y aun, entre tanto terremoto interior, tsunami que nos llega hasta los balcones, comencé a ver algo prodigioso. Con la vida del revés, como una tortilla que vuela por los aires y cae de nuevo a la sartén, con el alma transida y la agenda dándose la vuelta como un calcetín, resurgió, pero de otra forma, eso que nos une como pueblo cuando tocamos el tambor y sacamos un paso en procesión, igual que rezamos en silencio y olemos el incienso con la mirada perdida en quién sabe dónde.
Fue entonces cuando en infinidad de rincones se desempolvaron viejas máquinas de coser para confeccionar mascarillas para esos ángeles sanitarios que arriesgan sus vidas para preservar las nuestras. Y también EPIs artesanales para sustituir los que se hacían con bolsas de basura. Cuánto amor en esta legión de costureras, de sastras de confección divina, con los ojos puestos en la aguja y esa lágrima de luz intensa que solo surge cuando uno trabaja para salvar vidas.
Hellín se puso en pie de guerra sin que hubiera llegado una tercera guerra mundial, y Dios no lo quiera, pero estaba levantándose un pueblo entero para luchar con un enemigo del que casi nadie había oído hablar cuando a finales de 2019 todos nos tomábamos las uvas.
Un batallón de almas en pena, pero tocadas por la gracia de esa generosidad que no necesita recompensa, que se expresa con aplausos a las ocho de la noche desde balcones y ventanas, pero también con esos sagrados tambores, tradición que heredamos de nuestros padres.
Porque a diferencia de la Guerra Civil, cuando todos los que había fueron requisados, los seguimos teniendo para dejarnos el alma en un redoble, aunque sea en lo alto de un tejado, en una terraza, en un balcón, en un patio, en los corrales. Porque el alma de un tamborilero llora y llora por dentro, pero hay dos palillos para batirnos el cobre cuando haga falta, demostrando al mundo entero que el redoble del tambor es el latido del corazón, el latido de la Madre Tierra.
Se llenó el cielo de negros presagios, entre la Iglesia de la Asunción y el Santuario del Rosario, pero se volvió más limpio que nunca, como al mismo tiempo la intención de ser más que nunca un pueblo unido.
Nuestro Ayuntamiento sigue velando con tesón por todos los ciudadanos, da igual el color de los partidos, las siglas y los programas de cada uno, porque como pasa en Semana Santa, cuando cofrades y tamborileros somos los mismos, hijos e hijas de este bendito pueblo, ahora ha sonado el clarín para despertar de nuevo, renegar de tanto debate y polémica, de tanto desatino y desconcierto, sabiendo que todo es papel mojado cuando está en peligro el futuro de todo un pueblo.
Está quien escribe un poema con el amparo de un Cristo o una Virgen, que lo que busca es dar consuelo, o un relato con el que emocionarse y pasar el tiempo. Que todas las redes sociales sean para recordarse, para abrir ventanas virtuales y que la solidaridad circule, pero no para que se muera el ánimo con enfrentamientos que no hacen más que abrir nuevas heridas, provocando futuras cicatrices.
Benditos todos y cada uno de los que tienen que salir a la calle, haciendo que esta sociedad funcione. Benditos los que velan por nuestra seguridad en cada esquina, en cada calle, para que esta obligación moral de quedarse en casa sirva para salvar vidas, las nuestras y las de todos aquellos que por nuestra irresponsabilidad podrían contagiarse. Bendita la farmacéutica que lleva la medicina a mi hermana, subiéndola hasta el balcón con una cesta, ejemplo de piedad que será recordada siempre.
Hellín es un pueblo solidario que da lo que tiene, que comparte las risas para alegrar las vidas de los demás, aunque a escondidas llore, que ofrece ternura y más ternura ante la adversidad, porque todos somos parte de una misma historia, de barrios entrelazados, de tradiciones que erizan la piel, que huelen a aroma de clavel en una reja de hierro de forja.
Nos une un destino a todos los hellineros, y ahora, como un fractal del mundo entero, a un planeta sumido en una encrucijada de la que saldrá algún día, pero completamente diferente. Que ese nuevo cambio de conciencia que se diseña en los rumbos de la rosa de los vientos sea también para Hellín, para que aprendiendo la lección de lo que estamos sufriendo resurjamos como un pueblo más unido, tal como estamos aprendiendo a hacerlo ahora.

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.


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