AVE FÉNIX CRÓNICAS DE LA ESPERANZA CONTRA EL CORONAVIRUS XXXIX

Ave Fénix
Crónicas de la esperanza contra el coronavirus
XXXIX
Resiliencia
José Antonio Iniesta



22 de abril de 2020. En puertas de completar una cuarentena en el estricto sentido de la palabra, aunque se alargará más todavía, pesadamente, como una condena impuesta por los azares de la vida, sabiendo al mismo tiempo que nada es azar… Sí, treinta y nueve días de este suplicio de afrontar las cifras de víctimas cada día de una pandemia que ya está adquiriendo una colosal envergadura en cuanto a cambio mental de los ciudadanos, un azote físico a los sentidos y un marasmo que no olvidaremos jamás. Y, aun así, aunque deambulando como un zombi al levantarme, como cada mañana, tratando de escaparme de esta extraña realidad, he abierto los cajones y me he encontrado un puñado de esperanza que todavía me quedaba, bien guardado entre las páginas de un poemario que he escrito en mi propio futuro con tinta de los sueños que empezaré a forjar dentro de unos cuantos años. Así soy de extraño hasta para rebuscar un salvavidas que me rescate de esta indolencia, este agotamiento físico y este mareo que no es más que el mazazo psicológico que todos llevamos a cuestas, lo queramos disimular o no, se nos note más o menos.
La misma letanía de todos los días, precisamente yo, que siempre rechacé que un día se pareciera a otro, que abominé del aburrimiento y por eso convertí cada día en el conjunto de vivencias de un mes entero.
Hace treinta y nueve días descubrí que el tiempo se deforma en esta crisis, subjetivo como siempre ha sido, y que parece como si fuera a cámara lenta, a la vez que de pronto, al llegar la noche, me daba cuenta de que había pasado como un suspiro. Porque anoto la fecha al comienzo de cada crónica, que si no, perdería la noción del tiempo.

Y hoy venía a mi cabeza una palabra, tan extraña como desconocida, resiliencia, que es, no obstante, tan conocida por los psicólogos, los que tendrán que hacer horas extras para tratar a tantas personas que cuando acabe el confinamiento tendrán que someterse a terapia para tratar de ser lo que fueron, porque las fobias, como las del miedo a los espacios abiertos y al contagio, van a expandirse dentro de unos días con la misma rapidez que lo hizo en su momento el coronavirus.
La resiliencia es la capacidad de adaptación del ser humano ante una situación muy estresante, dramática, como puede ser una catástrofe, un accidente grave o la pérdida de un ser querido. Es la respuesta mental del ser humano para fortalecerse y adaptarse a un duro golpe de la vida.
Lo que estamos viviendo en estos días es una agresión en gran escala a nuestros sentidos, que refuerza nuestro instinto de supervivencia, que nos tumba emocionalmente y nos obliga a sacar fuerzas de donde parece que ya no hay, porque nuestra necesidad de superar lo que nos daña surge de nuestras entrañas, con la carga de adrenalina que haga falta, pasando de expresar la rabia contenida a entregarnos a rezar a todas horas, todo lo que se pueda y haga falta para que la mente no se venga abajo, para no perder el equilibrio y seguir existiendo.
Es un término muy conocido en psicología, que manifiestan quienes son víctimas de abuso, un cambio radical e inesperado, que han sufrido en carne propia cualquier calamidad de gran alcance, aunque como todo en la vida, el efecto de cualquier acción estará en función de la fuerza, la entereza, la capacidad de adaptación que tenga la persona que lo sufra.
Para unos, un desastre natural puede ser como la caída de una pluma y para otros, lo más suave en apariencia puede provocar un trauma para toda la vida.
La resiliencia, que viene de la palabra resilio, en latín, que significa volver atrás, por lo que implicaría volver a una situación anterior, es la capacidad del ser humano de enfrentarse cara a cara a una situación diferente, opresiva, angustiosa, de intenso dolor, de profunda inseguridad, ante algo que se ha vivido de forma impactante, cuando el estrés provoca una continua crisis de ansiedad, y el pánico se manifiesta, el miedo a perder la vida, la agonía al haber perdido a un ser querido, la duda interminable por no saber qué va a ser de esa persona en el futuro.
Y viene así el proceso de adaptación al que todos nos enfrentamos en una situación tan absolutamente asfixiante, por más comodidad que tengamos en nuestra casa, aunque estemos acompañados por nuestra familia, cuando sabemos que hay muchísima gente que está muriendo a causa del Covid-19, con cifras que aunque vayan disminuyendo por lo general en los últimos días, siguen estando ahí como un contador de lo que la mayor parte de la gente identifica como miedo, terror, pesadilla, desastre, peligro constante.
Esta tensión diaria hace mella hasta en el más pintado, por más equilibrio que uno tenga, pues no tendríamos ni alma, ni corazón, ni sentido común, si no sufriéramos por los que se están muriendo a cada momento, si no sintiéramos algo, aunque sea preocupación por si le pudiera pasar algo a algún miembro de nuestra familia o a nosotros mismos.
Temer a un elemento invisible que puede estar a pocos centímetros de nosotros sin verlo, en cualquier lugar, en cualquier alimento venido del supermercado, pegado a la ropa con el más mínimo roce, nos hace estar acuartelados no solo en casa, sino en ese recinto concreto que es nuestro cuerpo físico, con los cinco sentidos activados, extorsionados por una conmoción constante, que está provocando a todo el mundo insomnio, pesadillas, cierta dislocación en el tiempo y una sensación preocupante y obsesiva de que ya no volveremos a ser los mismos, porque la defensa constante para no ser contagiados y la crisis económica que ya se ha llevado por delante un millón de empleos, y eso que solo es el principio de lo que viene, nos va a tener en jaque hasta Dios sabe cuándo.
Es por eso que tenemos que buscar más que nunca la cura de las emociones, una necesidad apremiante de saber vivir el presente, que mañana Dios dirá, pues lo importante es disfrutar de cada segundo que la vida nos concede, revisando cada uno de los valores humanos que hasta que comenzó esta crisis eran nuestros pilares de vida, y tratar de mejorar aquellos que por cualquier motivo estaban agrietados.
Estamos vivos, nos sigue esperando una existencia llena de promesas, de sueños para hacer realidad, de viajes que nunca hicimos, de personas que el destino nos tiene preparadas para conocer. Estamos sufriendo tanto que cuando vivamos tantas situaciones estúpidas que nos sacaban de quicio sin venir a cuento, porque no queríamos perder ni un milímetro de una línea de comodidad, de estatus social, de hedonismo o de ego, nos reiremos al darnos cuenta de que hubo un tiempo en el que descubrimos que podíamos vivir con lo justo, con lo que teníamos en casa, con lo que nuestro ingenio hacía que nos sacáramos de la manga, como un truco de magia, la fantasía que desarrollábamos para hacer deporte de cualquier forma, con lo primero que encontrábamos a mano. Un tiempo en el que un patio, una terraza, era un mundo entero por el que caminar a falta de plazas y bosques.
Todo es relativo en la vida, y ahora que este cruel destino, o dura enseñanza, nos ha puesto frente al espejo del rostro que vemos, estamos aprendiendo que con cualquier cosa nos apañamos para pasar el rato. Han salido montones de juegos que guardábamos en el armario, que hacía mucho tiempo que ya no compartíamos con la familia. Han resurgido aficiones que el tiempo es oro de las carreras y las prisas había impedido que se desarrollaran. Ha venido un tutorial espontáneo de reciclaje para reutilizar mil y un cacharros que teníamos guardados, y olvidados, en el cuarto trastero.
Lo agradecen las plantas de la terraza, que ahora se riegan con más frecuencia, se arranca la hierba a la que no se le prestaba atención, y la creatividad aflora por todas partes, con eso de matar el tiempo, al que le han surgido cazadores despiadados por todas partes, que no le dan cuartel, que no quieren que un solo minuto se quede provocando esa insana enfermedad de los ociosos que es el aburrimiento, al que hay que poner precio a su cabeza por fuerza.
Es un tiempo despiadado para los entierros, en los que los familiares no pueden estar con sus seres queridos en las habitaciones de los hospitales, por lo que de sentido común y de normativa tiene, ni hay velatorios ni funerales, ni siquiera el duelo es el apropiado, ese proceso tan misterioso y oscuro que todos y cada uno de nosotros tenemos que experimentar, y para el que nunca estamos del todo preparados, cuando perdemos a un ser querido.
Si no hay acompañamiento en los últimos días de una larga vida compartida, si no hay despedida alguna, si el entierro es un suspiro, muchas veces sin poder ver el cadáver, si el duelo no tiene el más mínimo pilar de acercamiento, de acariciar el rostro de quien amamos, de llorar a su lado, viendo lo que nos queda de ellos, el desgarro es más horrible de lo que nunca se podría haber concebido.
Y aquí la resiliencia nos entrega al vacío para resurgir con las alas de la pura supervivencia, del instinto, del deseo que tenemos todos de seguir celebrando la vida, sea como sea.
Resiliencia hay para todos, para afrontar todo lo que nos venga, que nos ayuda mucho aquello de saber que ciertos destinos son así de fatídicos, que eso de la ley de vida, aunque se hace más duro de la cuenta, sigue siendo ley de lo inexorable, y para qué intentar cambiar algo que ya está torcido. Ayudan las oraciones, entregarse a la voluntad Divina quien cree en Dios, que eso nos libera de la carga de intentar hacer lo imposible, pues ya lo hace el Creador con su santa voluntad, cuando estamos en sus manos y creemos y aceptamos que Dios sabe lo que se hace.
Todo lo cura el tiempo, o casi todo, porque es verdad que las grandes heridas nunca se cierran, salvo que uno tenga amnesia, porque en la memoria se guarda para siempre cada gramo o centímetro cuadrado, o grano o mota de polvo de tristeza que vamos acumulando a lo largo de la vida. Pero al menos sí sabemos, los que ya hemos tenido muchas pérdidas de familiares y amigos, que si no se cura la herida, al menos se suaviza, el tiempo todo lo suaviza, o es sencillamente porque nuestra mente ya no es capaz de seguir sufriendo siempre en igual medida y nos narcotiza, o nos borra de alguna forma la silueta de ese clavo afilado que en un tiempo pasado se nos clavó en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra conciencia.
La resiliencia, la capacidad o facultad de poder volver atrás, y no seguir cayendo por el precipicio del dolor, nos llevará a nuestros sueños por hacer realidad, a nuestros trabajos de siempre, a las aficiones y vicios, mejores o peores, a la búsqueda de la plenitud, a cuidar de los que siguen quedando, a aprender que todo proceso de la vida está salpicado en igual medida por tristezas y alegrías.
Y todo esto pasará, como pasa todo, como pasa lo bueno y lo malo, y el destino y cada uno de sus caminos nos llevarán de nuevo a pensar en nuevos proyectos, despejando la cabeza, como siempre decimos, u ocupándola, pero con otras cosas, porque pensar en la muerte que tanto nos dolió es morir cada día, eternamente, porque recordar el tiempo que no pudimos disfrutar con los que más amamos sería como temer toda la vida a que vuelva a contagiarnos. Y ya nos está contagiando demasiado el miedo como para seguir recogiendo su cosecha para volver a sembrarlo.
Un puente hacia la luz de nuevos conocimientos se nos muestra, el paso de los días nos acerca al final de este confinamiento, las enseñanzas que ahora recibimos, por más amargura con las que vengan envueltas, nos harán más fuertes en el futuro, más capaces de aprovechar cada instante que en el pasado creímos que lo desperdiciábamos. Y de tanta falta de nuestros familiares y amigos vendrá un deseo de valorar como se merece cada nuevo encuentro.
La vida es una dualidad, siempre lo ha sido, un blanco y negro que se mueve en un constante revoltijo, luz y oscuridad luchando para llevarse el gato al agua, una batalla sin cuartel con nosotros mismos. Por eso tenemos que ser guerreros con sentido, arropados por esa palabra que tanto me gusta, que es la impecabilidad, haciendo en cada momento lo que sea justo y necesario, lo mejor que con honor corresponda hacer, en un punto de salvación entre la luz y las tinieblas, para alcanzar el equilibrio. Llegarán tiempos mejores, tengo buenos augurios, en una estantería, detrás de un disco con la música de “Pavana para una infanta difunta”, de Ravel, que tantas veces escuchaba, una y otra vez, cuando era joven, mi pieza musical favorita, he encontrado un manojo de esperanza atado con una cinta de color azul turquesa, como la de la pared de la habitación de la anciana que se convirtió en una niña parecida a la de Alicia en el país de las maravillas. Yo también quiero seguir al conejo blanco para que me guíe hasta que encuentre la felicidad que creo que me merezco…

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.