La Madre Tierra nos habla a cada momento, nos susurra al oído, nos cuenta su historia de dolor y angustia, y hasta el quebranto de su entraña se da a conocer en todos los medios de comunicación del planeta a diario, pero por lo que estamos viendo, prácticamente nadie presta atención a sus alaridos.
Cada vez son más intensas las señales, más frecuentes, más sonoro ese quejido, ese desgarro, de quien nos ha dado la vida, la entraña viva de un ser consciente, de constante y compleja evolución, conocido desde tiempos inmemoriales como una entidad espiritual, femenina, que ha sido respetada y venerada por los pueblos ancestrales.
La continua industrialización y mecanización de todas las áreas productivas, con el incremento de la tecnología, la globalización y la facilidad de movimientos de uno a otro rincón del mundo, la desconexión del medio rural y el crecimiento urbano, son factores que progresivamente han separado a la especie humana de la conciencia de Gaia, Pachamama.
Ese olvido sistemático, que ha ido creciendo generación tras generación, se está volviendo ahora contra nosotros, en este constante deterioro de la naturaleza que ya, más que reconocido por grandes instituciones a nivel mundial, como por ejemplo la ONU, está poniendo en serio peligro la supervivencia de la humanidad, con afirmaciones tan drásticas como que apenas nos quedan unas pocas décadas para que este planeta sea habitable en las condiciones necesarias para la supervivencia de nuestra especie.
Los mazazos a nuestra conciencia, para quien mínimamente la tenga despierta, han sido demoledores. Y siguen produciéndose, un día tras otro, pero no hay más ciego que el que no quiere ver.
Empezamos a saber en este ardiente verano del pavoroso incendio en Siberia, que ya se ha convertido en una gigantesca catástrofe planetaria, al extremo de tener que lanzarse los bomberos con paracaídas para intentar sofocar las llamas del fuego en lugares que son inaccesibles por tierra. Al mismo tiempo conocimos otro incendio de gigantescas proporciones como es el de California.
Los indios hopi anunciaron en la sede de la ONU que estamos inmersos en una nueva depuración, como parte de distintos ciclos de destrucción del planeta a lo largo de miles de años. Las anteriores depuraciones habían sido provocadas por uno de los cuatro elementos de la naturaleza: aire, fuego, tierra y agua. En este caso, la que ahora experimentamos, sería por el efecto de los cuatro elementos al mismo tiempo, provocando incontables catástrofes que se manifiestan de uno a otro lugar del planeta.
Presenciamos horrorizados las inundaciones en Alemania y Bélgica, y en el otro extremo del mundo, las de China.
Los científicos lo dicen una y otra vez, que el calentamiento global aumenta la probabilidad de lluvias torrenciales. Schuld, un pueblo de Alemania, fue prácticamente arrasado por las fuertes lluvias que han provocado tantas inundaciones en Europa, la misma Europa que ahora arde de una punta a otra de sus costas mediterráneas. ¿No hay ojos todavía para ver lo que está pasando? ¿Son necesarias más catástrofes, más contrastes de la desolación y de la furia de los elementos, para ver lo que está pasando?
El idílico pueblo alemán de Schuld, en el noroeste de Ahrweiler, a unos 50 kilómetros de la frontera con Bélgica, que tenía unos 700 habitantes, fue prácticamente arrasado por el agua, llevando la muerte y la desolación a lo que fuera un apacible paraje de montaña.
Seguramente que durante años observaron las catástrofes que se producían en todo el planeta sin pensar que algún día la tragedia llamaría a la puerta de sus casas. Las inclemencias meteorológicas en China han provocado la evacuación de más de un millón y medio de personas, después de que cerca de cien mil viviendas hayan sido sepultadas bajo el lodo y millones de seres humanos hayan sufrido pérdidas irreparables en ciudades que ahora se ven completamente inundadas, un paisaje desolador a vista de pájaro que estremece a cualquier ser humano que vea estas dantescas imágenes.
Los datos ponen los pelos de punta. En la ciudad de Zhengzhou, una de las más afectadas, con una población de más de diez millones de habitantes, que se encuentra junto al río Amarillo, ha llovido en tres días casi lo que normalmente llovería en todo un año. La conclusión no puede ser más evidente. Cuando toda una civilización viaja en una inmensa “nave” llamada Tierra por el espacio, todos y cada uno de los habitantes de este mundo compartimos un destino común. ¿Cuesta tanto alcanzar este aprendizaje…?
¿No recordamos ya los intentos que se llevaron a cabo en toda la comunidad mundial en el pasado para negar la existencia del cambio climático, hasta que su impacto en todo el planeta se hizo más que evidente?
No había salido de mi desconcierto ante tanto desastre por todas partes cuando experimenté personalmente la desolación de los incendios en mi propia tierra, los que pude ver con mis propios ojos, destruyendo los parajes que he conocido desde siempre, desde mi infancia. Ya no eran incendios vistos a través de un informativo, sino que veía el humo sobre mi cabeza, y muy cerca las llamas que habían surgido en Liétor por una parte, y en Tobarra, dos por falta de uno, cada uno en un extremo, sintiéndonos todos cercados entre dos fuegos, con mi ciudad entre ambos, que, como casi siempre se producen, están provocados por pirómanos sin conciencia alguna.
No me había recuperado de esta desolación inexpresable, consciente de que ya no veré arboledas mientras esté vivo en estos parajes maravillosos de los que tantas veces he disfrutado, los de mi propia tierra, de mi origen y mis raíces, cuando empecé a saber de la inmensa oleada de incendios que se extienden por todo el sureste de Europa y el Mediterráneo, como fruto de una histórica ola de calor que estamos sufriendo todos los que aquí vivimos.
A los constantes incendios en toda la geografía española se han unido los de Turquía, Italia, Grecia, Albania, Macedonia del Norte, Bulgaria y países del norte de África. Con temperaturas promedio de 45 grados, las llamas devoran lo que encuentran a su paso en los países que fueron cuna de la gran cultura mediterránea, un duro proceso que ahora estamos sufriendo en primera persona millones de personas, que vemos cómo arden los hermosos parajes en los que hemos nacido. Las llamas, como pasó en la comarca de Hellín, mi propia ciudad, se acercan a las ciudades.
El fuego, en la peor ola de calor en Grecia desde 1987, que lo arrasa todo a su paso, ha llegado a acercarse a Atenas, a las ruinas de Olimpia, donde surgieron los Juegos Olímpicos, los mismos que ahora se celebran en Japón, amenazados a su vez por esta pandemia, invencible de momento, del coronavirus, el mismo que surgió en Wuhan, China, y el que ahora empieza a manifestarse de nuevo en Wuhan, como parte de esta incomprensible cinta de Moebius o serpiente Uroboros de la amenaza vírica, aunque ya avisan los científicos que el terror sin nombre se esconde en las potenciales amenazas de gigantescas pandemias provocadas en el futuro por bacterias, como ya lo hicieron en el pasado, a las que se uniría un peligro no del todo reconocido, el de los hongos, y concretamente los de “familias del crimen organizado” como Cryptococcus, Pneumocystis, Aspergillus y Candida, que provocan más de un millón y medio de muertos al año, que alarman más todavía por el surgimiento de nuevas cepas, cada vez más resistentes a fármacos antifúngicos, y que llegan a matar a la mitad de los infectados en los primeros treinta días, como Candida Auris, el terror de los quirófanos en todo el mundo. Cuanto amenaza, Dios mío, aunque tenemos más que suficiente con la más peligrosa de todas: la de ese virus llamado especie humana, como afirma el agente Smith en una de las entregas de la fabulosa trilogía de Matrix, al considerarnos una enfermedad, un cáncer para este planeta.
En ese maravilloso mar Egeo, cuna de civilizaciones, el de la mística, la poesía, pero también de las invasiones y las más crueles guerras, en el que un día tuve la fortuna de bañarme al tiempo que bebía un trago de sarap (vino turco), he visto ahora sus costas ardiendo presas de las llamas. No hace falta ningún Nerón quemando Roma, ni hordas de guerreros arrasando con fuego los pueblos de sus enemigos, como lo hicieron con Troya, que esta ley de acción y reacción, de causa y efecto, del “boomerang” del karma-dharma, se encarga de que nos llegue lo que como especie hemos provocado. “El que siembra vientos recoge tempestades”, ya lo sabemos, y “quien a hierra mata, a hierro muere”. La sabiduría popular nos dejó una guía de futuro para saber caminar, pero el ser humano parece haber desterrado de su código de conducta su instinto de supervivencia y, desde luego, el aprendizaje que desde tiempos inmemoriales recibió al observar a la naturaleza.
Muchas ciudades tienen que ser abandonadas, rescatados sus habitantes por tierra, mar y aire, porque los incendios son tan voraces que destruyen las viviendas que encuentran a su paso. “Los incendios de este año nunca habían sucedido en nuestra historia”, afirma el presidente turco Recep Tayyip Erdogan.
Hay fuego en la vieja Europa, amenazando seriamente el medio ambiente y las poblaciones de una auténtica cuna de la humanidad, donde tantas culturas florecientes se desarrollaron en el pasado. Fuego que se une al que intencionadamente se provoca, como parte de un genocidio y ecocidio a gran escala, en Brasil, en el Amazonas. La mala ralea de los pirómanos se propaga al igual que los virus por todo el planeta.
Entonces supe del incendio de Bolivia. “Bolivia arde en llamas”, titulaba un periódico, informando de un incendio forestal que se produjo en Santa Cruz de la Sierra y que incluso llegó a destruir parte de las instalaciones del aeropuerto de “Viru Viru”, el más grande del país, provocando una destrucción inmensa a su paso y la cancelación de muchos vuelos. Pero, por contraste, en esta locura climatológica que nos está desconcertando, en el paroxismo de dantesco surrealismo, vuelvo a ver a Bolivia, pero con una nevada histórica, que también se extiende a Perú, como parte de un temporal de frío de lo más extraño.
El aire, el fuego, la tierra, el agua, se estremecen y casi nadie parece querer reconocer lo que está sucediendo en todo el planeta.
En tierras del desierto, en Arabia Saudita, se producen inundaciones. Donde antes hubo tierras arenosas ahora hay agua por todas partes; donde había temperaturas elevadas, ahora se siente el frío; donde antes hubo intensa lluvia y humedad, ahora aparece el calor tórrido y los secarrales. La naturaleza se rebela contra la especie humana, o sencillamente manifiesta su poderosa fuerza en busca del equilibrio que ha roto el ser humano a lo largo de décadas de agresión despiadada.
La Madre Tierra reajusta cada uno de sus elementos en el tablero de ajedrez en el que los seres humanos, creyéndose reyes y reinas, descubren ahora que no son más que peones de un inmenso juego cósmico en el que nunca se preocuparon de conocer las reglas del juego.
Enlace: https://www.sieteluces.com/augurios-de-un-tiempo-futuro-espiritualidad-enigmas/
Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.