Fuente: EDITORIAL PRENSA 1 octubre 2020

16 de octubre de 2003. Plaza de San Pedro, Roma, Italia. Viajé hasta Roma por el motivo más extraño que alguien se pueda imaginar.



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


Estando en mi casa, en España, y sin la más mínima pretensión de viajar a la ciudad eterna, en ese momento y tal vez nunca, una visión repentina puso frente a mí, con toda claridad, una imagen en la que para mi sorpresa estaba acompañado por uno de los personajes más singulares de la historia de la humanidad, y en concreto de la espiritualidad de los siglos XX y XXI, José Argüelles, el descubridor de la Ley del Tiempo, autor de infinidad de obras asombrosas y creador de incontables herramientas de conocimiento y del sincronario de 13 lunas, basado en el calendario maya. Aquello no parecía tener sentido, porque ni por asomo se me habría pasado por la cabeza que pudiera llegar a conocerlo en persona. Pero si ya era de por sí increíble lo que estaba pasando, aún se volvió más compleja la experiencia al aparecer en escena el sacerdote maya y azteca Quetza Sha, mexicano, que por aquellas fechas se encontraba haciendo una gira para compartir sus enseñanzas en tierras de España.

Así hubiera quedado la cosa, en pura e incomprensible anécdota, si no fuera porque casi de inmediato recibí una llamada de Mertxe Zuza, coordinadora en España del Movimiento Mundial de Paz de 13 Lunas, para invitarme a viajar a Roma, pues José Argüelles iba a dar en unos pocos días un congreso en la Universidad de La Sapienza, algo que yo desconocía por completo.

–José Antonio, viene José Argüelles a Italia y quiero que vengas con nosotros, y tienes que venir con Quetza Sha –me dijo.

Durante unos segundos me quedé sin aliento, incapaz de comprender qué estaba pasando, pero tragué saliva y por supuesto acepté sin pensármelo, y no solo eso, de repente me puse en contacto con Quetza Sha. Cuando le pregunté que si quería venir conmigo a Roma no lo dudó ni un solo instante. El entramado del destino estaba cobrando forma.

Como si hubiera durado una exhalación, pocos días después volaba hacia Roma. Había comprado un billete de avión con las fechas justas para regresar nada más terminar el congreso, pero considerando que sería desperdiciar la oportunidad para ver esta bellísima ciudad. a mi antojo y en completa soledad, volví a sacar un nuevo billete, aun sabiendo que iba a perder el importe del primer vuelo.

En aquella grandiosa universidad descubrí, para mi incontenible sorpresa, que Quetza Sha había conocido a José Argüelles e incluso le había honrado entregándole un bastón. Y como si fuera lo más natural del mundo, allí estábamos los tres, juntos, tal como lo había visto antes incluso de saber que había un congreso al que me invitarían. De hecho, tengo hasta la foto de los tres juntos, la imagen de una visión de futuro que no podía ser más peregrina y absurda para mí en aquel primer momento. ¿Existe el tiempo, por lo tanto, tal como lo concebimos? Hace ya mucho tiempo que encontré la respuesta.

El juego de la vida es como un cubo de Rubik, que más tarde o más temprano encaja por el plan secreto del destino, una madeja de sincronicidades en las que una y otra vez descubro que pasado, presente y futuro se unen con hilos de luz invisibles e incomprensibles para la mente humana.

Y así, con esos antecedentes, de pronto le dije a Quetza Sha que sentía que teníamos que estar en la Plaza de San Pedro, juntos, aunque ni él ni yo tuviéramos el más mínimo interés de hacerlo realmente. Se daba la circunstancia de que en esos días se producían acontecimientos auténticamente históricos en el Vaticano, el 25 aniversario del papa, la beatificación de la madre Teresa de Calcuta y el Noveno Consistorio, pero lo que me empujaba a ir a esa plaza no tenía nada que ver con eso. Era una fuerza invisible la que me empujaba, que desconcertó al resto de nuestros compañeros, incluso, incapaces de comprender qué me había llevado a tomar esa decisión.

Quetza Sha, como siempre le sucede a los chamanes, a los guardianes de la tradición, que saben en qué momento y lugar tienen que estar, aceptó mi petición como lo hizo la primera vez. Ni siquiera me preguntó por qué. Nada más que mi intuición me llevó a estar allí en ese momento, y de pronto, entre la inmensa muchedumbre de personas que abarrotaban aquella plaza, ocurrió algo extraordinario, que sería incapaz de comprender si no fuera porque he tenido pruebas durante toda una vida de las asombrosas estrategias de los seres de luz que nos envuelven por todas partes.

Se nos acercaron dos personas para preguntarnos por qué motivo habíamos llegado hasta allí. Yo no tenía ni idea de quiénes eran, pero inmediatamente, en un improvisado inglés para salir del paso, hice de traductor entre quienes resultaron ser reporteros de uno de los periódicos más importantes del mundo, “Corriere della Sera”, y Quetza Sha. Juana Mari, que también nos acompañaba, fue providencial, con su fluido inglés, para apoyarme en esta tarea. Y él, con la mayor naturalidad del mundo, se puso a hablar de la importancia de la profecía maya como unión entre los pueblos, por supuesto, como siempre he dicho y he escrito, por activa y por pasiva, que nada tiene que ver con el fin del mundo, pues esa asociación con el solsticio de invierno de 2012 no fue nada más que una burda campaña, oscura y pérfida, para deslegitimar la grandeza de la sabiduría maya. Mis grandes amigos, María Teresa y Juanjo, con los que tantas veces grité lo de ¡¡¡Castro Pretorio!!! en nuestros recorridos bajo tierra en metro, también nos acompañaron en aquella aventura que tuvo lugar en nuestro primer día en Roma, en la primera tarde. Por cierto, “Corriere della Sera” significa “Mensajero de la tarde”.

Tengo el ejemplar del periódico que apareció al día siguiente, con esa información de hermandad entre pueblos, de cambio de conciencia, de un nuevo ciclo que se iba a iniciar, vinculado todo ello al conocimiento ancestral maya, y la noticia viajaba ahora por todo el mundo, gracias a un encuentro que nada tuvo de fortuito, ni de casual, nada más y nada menos que en la Plaza de San Pedro, del Vaticano, en la ciudad de Roma, proyectándose a todo el planeta gracias a una visión que me llevó hasta esa ciudad y a una intuición certera que provocó mi empeño para estar justo en ese momento y en aquel lugar en el que nos cruzamos, casi al mismo llegar, con los reporteros.

El descendiente de un linaje perseguido, masacrado, al que se le impidió desarrollar sus ceremonias ancestrales, ejercía ahora su legítimo derecho al perdón y convocó a los seres humanos para unirse, reconciliarse, justo en el centro telúrico donde se gestó a través de los dogmas y de la disciplina impuesta por la cruz y por la espada la conquista de tantos vastos territorios. En una de tantas conversaciones que mantuvimos aquellos días me habló de la información que había canalizado cuando visitamos el Coliseo, de aquella “bóveda de sangre” que era Roma, que había que sanar, limpiar de energía oscura acrecentada durante siglos y siglos. Sus confesiones me helaron la sangre, pero se correspondían con todo lo que yo estaba sintiendo. Y eso lo viviría personalmente, ya en solitario, con el profundo trabajo interior del perdón, cuando subí de rodillas por los veintiocho escalones de mármol de una de las grandes reliquias de la cristiandad, algo que un segundo antes ni por asomo habría hecho, la Scala Sancta, por la que según la tradición Jesús fue llevado hasta Poncio Pilato, otra historia que habrá que contar algún día.

Nada es azar, que es el título de la novela de Richard Bach, siempre lo supe, el juego de las sincronicidades, lo que más he experimentado desde que nací, y esta vez el engranaje cósmico se ajustó con toda perfección. Por eso, cuando regresé a España, escribí de un tirón, en pocos días, un libro de más de doscientas páginas narrando la infinidad de aventuras allí vividas.

Cuando Quetza Sha y yo recorríamos las calles donde floreció el imperio romano, un cruce de caminos de la humanidad, que influyó en el destino de tantas civilizaciones del pasado a lo largo y ancho de este mundo, y busqué el periódico en el primer quiosco que encontré, vi la imagen y la noticia que en ese momento llegaba de incontables formas a cientos de miles de personas de los más diversos rincones del mundo. Sonreí para mis adentros, reconocí la grandeza de los ancestros mayas, su ingenio y su gran sentido del humor, del hilo invisible de Ariadna para no perderse en el laberinto del Minotauro. La gran noticia se había dado para toda Italia, pero también para todo el mundo, desde el mismísimo corazón del catolicismo, el mismo que había sido un brazo ejecutor durante la conquista de América, y en concreto del pueblo maya, y justo cuando teníamos enfrente a un papa, heredero en su linaje eclesiástico de todos aquellos que de forma tan dramática influyeron en el destino de una civilización que surgió de la selva y construyó pirámides que desconcertaron a los españoles, aunque sus ojos estuvieron más pendientes del oro con el que llenar incontables barcos que navegaron de regreso a la madre patria. Los dos nos miramos, complacidos, porque habíamos asumido un destino sin discutirlo, sin duda alguna por ambas partes. Supimos desde el primer momento lo que teníamos que hacer y lo hicimos juntos, como después estuvimos unidos al visitar y percibir las energías en tantos enclaves sagrados de aquella ciudad de fusión de sueños y pesadillas, un auténtico ombligo planetario.

Del libro de aquel viaje maravilloso entresaco unas líneas de lo mucho que vimos y experimentamos: “Con él llegué a lo más profundo de las catacumbas de Roma, al altar de Mitra (siglo III), situado bajo la iglesia de San Clemente (siglo IV), liberto martirizado en tiempos de Domiciano, a un minuto caminando desde el tenebroso Coliseo. Su trabajo, como descifrador de códigos de luz, que le ha llevado a viajar por todo el planeta, iluminó su rostro, o lo proyectó a quién sabe qué dimensiones, en aquel lóbrego lugar bajo tierra, con agua que nos caía sobre la cabeza, con plantas que surgían de las hendiduras de la roca milenaria, donde se rendía culto a Mitra en tiempos pasados, donde se erigió una de las iglesias cristianas más antiguas de Roma y donde descubrí un bellísimo ábside de la Creación reflejado a través de espirales que se iniciaban unas desde otras, como en la mejor de las visiones con ayahuasca, como el más venturoso de los viajes a través del Kuxam Suum. El carácter iniciático del lugar lo ponía de manifiesto el descubrimiento de la geometría sagrada que fundamenta la Flor de la Vida, en el sexto día de la creación, a poca distancia de las reliquias de San Clemente”.

Juntos aullamos como lobos en el interior del metro de Roma, desconcertando a cuantos nos encontrábamos a nuestro paso, visitamos templos de la antigüedad, lugares recónditos bajo tierra y disfrutamos con plena satisfacción junto a una alegoría de Quetzalcóatl, que para él había sido tan importante cuando se le manifestó con apariciones incontables de plumas y un secreto revelado sobre lo que hay debajo de todas las iglesias cristianas de México, por supuesto, los enclaves sagrados de culturas milenarias, oprimidas y masacradas hasta la desesperación absoluta. Hace mucho tiempo que también encontré la guía de la Serpiente Emplumada, de Kukulkán, si es que no fue desde siempre, así que disfrutamos con plena conciencia del legado de la serpiente y del quetzal, y del grandísimo secreto que guarda para todos los tiempos su unión, como Uroboros lo hace uniendo siempre mi pasado y mi futuro, mi futuro y mi pasado, y así por siempre…

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.


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