Desierto del Sáhara, Argelia, campamentos saharauis de la majada de Tinduf, uno de los lugares más áridos e inhóspitos del planeta, del 3 al 8 de diciembre de 2002.



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


Aparte del pesado equipaje, había llegado al aeropuerto de Alicante con más de cien kilos de material de lo más diverso como regalo para el pueblo saharaui. Para mi decepción y espanto, me comunicaron que apenas me permitían llevar los pocos kilos del equipaje, ya más que completo con el equipo técnico de fotografía, así que, desesperado y sin posibilidad de llevar todo aquello conmigo, ni pagando, me las ingenié para introducirlo en el avión con la complicidad de quienes llevaban un pesado equipo de instalaciones con fines solidarios. Así camuflé mi pesada carga de regalos. Sea cual sea el problema que me haya encontrado en mis viajes, siempre parece que tenga un ángel de la guarda, o varios, que me amparan cuando es más necesario.

Nunca olvidaré la cara de sorpresa de los miembros de los dos clanes que me alojaron en sus casas de ladrillos de adobe con enormes jaimas cada una de ellas, en las que cabían muchísimas personas, incapaces de comprender cómo había podido pasar todo aquello que no le permitían llevarlo a nadie. Sus ojos abiertos de par en par eran todo un poema. Fue hermoso convertirse por unos días en “rey mago” repartiendo infinidad de objetos, rodeado de una chiquillería exultante de alegría, lo que se convirtió en uno de los más hermosos recuerdos de mi existencia.

El pueblo saharaui me estremeció hasta la médula. Pocas veces he visto en mi vida a un pueblo tan generoso, anfitrión excelente como pocos y dispuesto, si hiciera falta, a dar su vida por aquellos que alojan en sus humildes hogares, paupérrimos diría. Me costó Dios y ayuda, ante su suprema generosidad, convencerles de que no podía aceptar que mataran una cabra en mi honor, de las tres que tenían, un auténtico tesoro de supervivencia para ellos, ni tampoco llevármela viva de regreso a casa, o muerta, metida en la maleta, como pretendían en el caso de que no me la comiera en ese momento. Me vistieron con una preciosa darrah de color azul celeste, turbante negro y sandalias, además de tantas pulseras y anillos que, cuando me veían en los diferentes recorridos entre los campamentos, me preguntaban que si me acababa de casar, que si estaba de boda, de tan elegante como al parecer me veían.

Nunca tendré palabras suficientes para agradecer tanta hospitalidad, las relucientes manzanas junto al lecho donde dormía, de excelente aspecto, aunque todas las que vi en el triste mercado por el que pasé parecían estar mustias o casi podridas; el agua embotellada, cuando sé que apenas la tienen, porque me dieron una jarrita con apenas dos litros para aseo personal y para toda una estancia de cuatro días de dos personas, que era, sin embargo, uno de los regalos más valiosos que he recibido en tantos viajes que he hecho. Y siempre estaba el consejo de que saboreara la leche de camella o de cabra, pero un trago apenas, para que ninguna bacteria me afectara al estómago.

Cuando me atreví a adentrarme en las dunas, con el riesgo de que tan solo con dar unos pocos pasos me perdiera para siempre, al no tener el más mínimo punto de referencia con el que guiarme, me sorprendió ver que me seguía un niño de pocos años, casi de incógnito, medio escondido, asegurándose de que no me perdiera, lo que supondría una muerte más que segura. Me tembló el cuerpo de emoción al ver que un niño de siete años se quitaba el chocolate de la boca para dármelo, y eso que era un manjar exquisito para esas criaturas, el mismo que yo les había dado a los pequeños. Llevan en su memoria celular eso de agasajar al forastero, como cuando la matriarca de uno de los clanes me regaló parte de su más valioso legado, de su escaso patrimonio, unos extraños fósiles que nunca había visto, que parecían de otro mundo. Los habían traído de sus tierras originarias y los guardaban como un tesoro.

Y por más que me doliera, salvo lo de la cabra, que no iba a permitir que mataran una por mí, siendo un tercio del patrimonio de su despensa de supervivientes, tuve que aceptar todos y cada uno de sus regalos, porque para ellos es un honor dar y un desprecio que se rechace lo que con tanto amor entregan.

Mi corazón se llena de emoción al recordar la conversación con un guía espiritual, un anciano saharaui de raza negra, que fue esclavo, estaba ciego y me entregó un amuleto contra el mal de ojo, en cuyo interior hay textos escritos del Corán. Y el tambor que, entre otros muchos objetos, me regaló el gobernador del campamento de refugiados del Aaiún cuando se enteró de que iba buscando uno. Todo sin pedirme nada a cambio, sin conocerme siquiera, solo porque se enteró de que un español iba buscando de jaima en jaima un tambor saharaui.

Regresé a España con mis manos llenas de símbolos pintados con henna y las lágrimas en los ojos al despedirnos en un desierto en el que uno se asa de calor de día y se hiela de frío por la noche, donde un pueblo justo, pacífico y honrado, soporta el sufrimiento absoluto, despojado de sus legítimos territorios, por la traición, el abandono y la ingratitud de quienes apenas saben, ni quieren saber, de su honorable pasado.

Jugué con ellos a sus juegos populares, supe de sus objetos rituales y vi la inocencia de sus ojos, con la carencia que tienen de medicinas, cuando al hablarle de las tradiciones de mi pueblo supieron que antaño la gente se curaba del resfriado con hígado de zorro, así que me mostraron un libro con imágenes de animales para que pudiera explicarles, mirando las ilustraciones, de qué animal les hablaba, a ver si podían ellos cazar alguno o conseguirlo como fuera.

Me desconcertó su habilidad para viajar de noche, guiándose por las estrellas, ver cómo reconocían el sexo o la edad de un camello por la huella dejada en la arena, y el continuo roce con las manos de todos y cada uno de los miembros de la comunidad preguntándose, en una casi interminable letanía, por cada uno de los miembros de la otra familia.

Me llené de arena hasta las cejas, me la jugué al viajar con ellos en lo alto de un vehículo, bien agarrado para no perder la vida al caerme de tanto como se balanceaba saltando por empinadas dunas, algunas de las cuales casi hicieron que estuviéramos a punto de que volcáramos.

Y hasta nos enfrentamos a una muerte segura de no haber sido rescatados, averiados en la inmensidad del desierto, pero asombrosamente, otro vehículo, que en la lejanía se veía como un punto minúsculo, cambió su trayectoria y se dirigió en línea recta hacia nosotros para ayudarnos. Cuando les pregunté cómo era posible que supieran que estábamos en apuros si apenas los veíamos nosotros, la respuesta me dejó helado: “es bien fácil, un vehículo no se detiene en el desierto con este intenso calor, si durante un rato observamos que no se mueve, sabemos que hay peligro, que algo malo le sucede”. Una comunión de almas de gente que sufre y sobrevive unida es lo que vi, una generosidad de espíritus puros para los que todo visitante es protegido como un hermano, una injusticia suprema es la que me dolió, al ver tanta gente maravillosa a la que se le robó lo más sagrado que tenía, su tierra, su herencia ancestral, sus raíces, su patrimonio de siglos y siglos de origen nómada.

Sientoun amor confesable por el pueblo saharaui, el que vive en un exilio forzado, elque huyó de las bombas napalm y fósforo blanco del genocidio provocado por losmarroquíes, que habrían acabado con ellos para siempre, y lo amaré mientrasviva, porque pocas veces me he sentido tan apreciado y protegido. En uno de losparajes más hostiles y peligrosos del planeta vive un pueblo hermoso, grande, sabio,que sabe que la unión hace la fuerza, que lo da todo sin pedir nada a cambio, queañora regresar al hogar que les fue arrebatado… Dios quiera que hagan realidadsu sueño algún día…

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.

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