Fuente: SIETELUCES 5 febrero 2010

UNIDAD – NACIONALISMOS: LA LIBERTAD APLASTADA



Redacción: Ruiz | Mundo arcano – Tuesc.com


J. Aitor González G.

“No penséis que vine a traer la paz sobre la Tierra; no vine a traer paz, sino la espada. Porque vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra”. (Mateo: 10, 34-35). “Pues en adelante estarán divididos cinco en una casa, tres contra dos, y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lucas: 12, 52-53).

Estas palabras del Maestro de Maestros, Jesús el Cristo, nos demuestran cómo los nuevos conceptos mentales estarán en continua pugna con lo viejo. Efectivamente, el viejo Paradigma, ya obsoleto e innecesario, se resistirá a desaparecer, y luchará contra la Nueva Buena por permanecer. El resultado: el conflicto, la división.

He decidido comenzar este escrito con las palabras de Gran Maestro, porque él supo como ninguno, que cuando se trata de establecer nuevos Tiempos, Nuevas Eras, nuevas formas de pensar, éstas encontrarán indefectiblemente la resistencia de lo viejo, que quizá en el pasado fue justo y necesario, pero que, igualmente, justo y necesario es que ahora desaparezcan. Jesús el Cristo, no tuvo miedo al conflicto que sus Palabras iban a crear. Bien: sigamos su ejemplo; no tengamos miedo, pues, a lo que ahora os planteo. Porque también estará en contradicción con lo que propugna el viejo Paradigma, con lo que proclaman los que están anclados en viejas formas de pensar. A muchos no gustará lo que ahora van a leer. Y no gustará, porque como ya dije las ideas liberadoras, las que proclaman el romper las cadenas que nos atan desde hace demasiado tiempo, encontrarán resistencia en los que aun creen que solo construyendo fronteras podrán sentirse seguros detrás de ellas. Para despertar conciencias, no solo hemos de acostumbrarnos a leer cosas bellas: las grandes verdades a veces significan una buena “bofetada” a nuestra hipocresía. Quizá porque estamos demasiado dormidos en nuestra nube de algodón marca “New Age”. Pero el nacimiento de la Nueva Era, del Nuevo Tiempo, no será fácil, y en ocasiones puede venir entre los estertores de un parto. Tomemos el ejemplo del Maestro: asumamos el conflicto como algo consustancial a lo que se remueve porque teme desaparecer. No importa: al final, el AMOR triunfará.

Una terrible verdad asusta a los que tienen miedo de ser libres: los nacionalismos nos esclavizan. La mayoría de las veces se disfrazan con discursos de liberación, de presunta opresión de débiles por imaginarios opresores, nos hacen creer que solo “decidiendo nuestro propio futuro” podremos ser felices y libres ¡como si nuestro futuro fuera distinto al del resto de la Humanidad! (solo existe un futuro cierto: nuestro Reencuentro con la Fuente, nuestro Regreso a Casa). Mas no os engañéis, este discurso victimista (¡cuántos se sienten cómodos en el papel de víctimas!) está, en la mayoría de las ocasiones, hábilmente elaborado por aquellos que detentan el poder: la clase política. Ellos saben utilizar sabiamente las emociones de la ciudadanía. Inventándose verdugos por doquier, controlan los corazones de la gente y embotan nuestra inteligencia. Fijaos: los nacionalismos nunca prosperan si se basan en el Amor al prójimo, si se basan en lo que nos UNE y nos iguala; sin embargo, enraízan con fuerza allí donde siembran la separación, el miedo y el desprecio hacia el diferente, el rechazo hacia el que no pertenece “al grupo”, a la raza, a la sacrosanta nación, al que no habla tu “lengua nacional” (ya se sabe que el lenguaje del Amor es solo para tarados). Pero una de las cosas que mas utilizan para embaucar al ser humano, y con excelentes resultados, es el halago: “tu eres diferente, eres mejor, no eres como el resto, tu raza y tu lengua son mas antiguas, no como la de los demás, tienes derechos que los demás no tienen, tu cultura es única, protégela, no sea que la pierdas, pues sin ella no eres nada…” y el halago mas embaucador: “tienes la obligación de sentirte orgulloso solo por haber nacido en tal o cual sitio”. ¡Como si el lugar de nacimiento aportase “pedigrí” a la persona! Y sinceramente: ¿a quién le amarga un dulce? A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas de nosotros mismos, pero eso impide ver nuestros defectos, y a la postre, al cegarnos de orgullo, impide mejorarnos como seres humanos. Oíd bien a los nacionalistas: apenas serán autocríticos, pues su discurso se basará en el miedo “al de fuera” y en insuflar orgullo y ego en el corazón de las personas, que ya no serán felices si no pertenecen a la nación. Y esta palabra, “nación”, al final se sacraliza, se sube al altar donde se sacrifican las víctimas propiciatorias: el Ciudadano del Mundo, el que no cree en naciones ni en fronteras ni en “hechos diferenciales”, el que no sacraliza la cultura patria, sino únicamente al Ser Humano, sin carnets de ningún tipo. Los nacionalismos dan mucha mas importancia al bosque que a los árboles, anteponen la nación a la persona. La mente universalista piensa en todo y en todos, sabe que necesita a los demás, es inclusiva, pues abarca en su seno cuanto existe, sin comparaciones. El nacionalismo por contra, empequeñece los pensamientos y sentimientos de la persona limitándolos a una sola región, a lo mas cercano, y es incapaz de amar lo ajeno tanto como lo propio; esto, “lo propio, lo mío, lo de mi tierra” debe de ser lo primero, y de ahí nacen los egoísmos, los egocentrismos. Como decía Ortega y Gasset: “El pueblo español está enfermo de particularismo. Tenemos una absurda tendencia aldeanista a identificarnos sólo con lo que se alcanza a ver desde el campanario de nuestro pueblo”.

El nacionalismo divide al Ser Humano, porque a aquel le es inherente la creación de fronteras. Las fronteras son necesarias, si se quiere crear una nación real o ficticia, y esas fronteras nunca se podrán derribar si se basan en el miedo al que no es “como nosotros”, al que nos trae “nuestra desgraciada desaparición como pueblo”: ¡cuidado con el invasor! ¡rechazad toda cultura “contaminante”! ¡cuidado con el que no piensa como tu, con el que no defiende tu nación! ¡peligroso es el que destruye fronteras! ¡mas seguros y protegidos estamos detrás de las nuestras! ¡construyamos altos muros, vivid con miedo al que hará desaparecer tu nación! Y al final, creemos la gran mentira: que no seremos nada si no pertenecemos a una patria, cuando realmente ya lo somos TODO siendo Hijos de Dios. Pero esto no se nos enseña, lo verdaderamente importante es la nación. Agarrarse a una nacionalidad, y basar en ella el orgullo personal, revela una profunda (y no siempre consciente) inseguridad: al no poder colmar el orgullo propio con verdades universales e integradoras, nos apegamos a conceptos mas cercanos y reconocibles, porque de ese modo sentimos que formamos parte de un grupo; y consecuentemente, nos sentiremos emocionalmente satisfechos si somos valorados como integrantes de dicho grupo. Mas esa satisfacción siempre será ínfima si la comparamos con la satisfacción se saberse Hijo de Dios.

Pero volvamos a los políticos: ¿por qué usan este discurso entre destructivo y “salvador”? Ante todo, porque como ya hemos dicho, tienen un enorme MIEDO a la igualdad, a sentirse desnudos sin fronteras que les protejan, a perder la lengua autóctona en vez de optar por una con la que todos nos entendamos (antes es preferible construir una Torre de Babel que elegir algo tan enormemente práctico como un solo idioma Universal). Pero también porque ansían el PODER. El Poder nunca se obtendrá si reside en otro lugar, hay que tenerlo más cerca: en las propias manos. Y en vez de hacer descubrir el maravilloso Poder Divino que reina en cada Ser Humano, se lo arrebatan a éste sembrando el MIEDO que ellos mismos sienten. Y a través del miedo, toman el control de las sociedades. Terrible juego en el que entramos miles de personas, delegando nuestro propio PODER en manos de los políticos, los cuales de ese modo consiguen perpetuarse en un poder que creen eterno y que no es más que efímero, por terrenal. Creemos que “decidimos por nosotros mismos nuestro propio futuro”, pero son aquellos que detentan el poder los que deciden por nosotros, manejándonos como perfectas marionetas. Esos “hilos” que nos mueven se llaman miedo al extranjero, orgullo patrio, hechos diferenciales, lengua nacional, pensamiento único… Si usáramos verdaderamente nuestro poder de decisión individual, comprobaríamos que nuestra individualidad nos lleva irremediablemente a la colectividad, al conjunto de hombres y mujeres del mundo y del Universo a los cuales estamos UNIDOS  por invisibles lazos de Amor. En otras palabras, todos somos Hermanos.

Ya hemos dicho algo que puede inquietar a más de uno, pero no por eso es menos cierto: los nacionalismos se basan en el miedo. Y uno de los mayores miedos es a la igualdad. La “nación”, carecerá de mérito si no se la hace diferente, si no es perfectamente reconocible e identificable por otras naciones. El próximo paso por tanto, no es cultivar la diferencia como un hecho cultural digno de preservarse, sino como elemento de mera diferenciación y alejamiento de otras identidades; de ese modo se pertenecerá “al grupo”, a “la manada”. Curiosamente, y eso es algo que pasa con demasiada frecuencia en España, todo aquel que no se “hace igual” al grupo de “diferentes”, es expulsado, considerándole antivasco, anticatalán, antigallego, antiespañol… un peligroso perturbador de la nación. Terrible paradoja: se mata la diferencia imponiéndola. Sin embargo, la realidad es terca: prácticamente ninguna de las naciones existentes es étnica, lingüística ni culturalmente homogénea por completo (y así me libro de los que puedan pensar que este es un escrito en contra de la diversidad. Nada de eso. Es un canto al desapego a la diferencia). Y es que esa diferencia tan sacralizada y por la que tantas fronteras se levantan (cuando no se mata por ella) es solo aparente: a medida que vamos evolucionando, mas nos parecemos, mas semejantes nos hacemos porque todo va confluyendo hacia lo único que existe: el Amor.

Pero no hay que irse a otros mundos o a otras vidas: la igualdad entre las personas es un hecho demasiado evidente como para borrarlo: a todos nos hacen felices las mismas cosas, sufrimos por lo mismo o luchamos por lo mismo: nuestra sangre es igual de roja, sangramos si nos hieren o lloramos ante las desgracias. Nuestras sonrisas son las mismas y la misma nuestra necesidad de ser felices; todos hemos de trabajar para vivir, ninguna nacionalidad nos libra de pagar impuestos o el pan de cada día y mucho menos, nos libra de morir. Pero hay una IGUALDAD mucho mas bella y profunda: todos somos Hijos de Dios, partes absolutamente iguales al Creador. A nadie se le ha creado auténticamente diferente. Esta diferencia tan cacareada por los nacionalismos, es ilusoria, terriblemente aparente. Todos somos parte del Todo, en cada ser humano, animal o piedra reside nuestra indivisible Divinidad. Estamos en el enemigo que rechazamos, tanto como en nuestro acólito, en el que despreciamos por no ser del grupo, no menos que en nuestro compañero de partido.

El amor hacia la tierra en la que vivimos o la que nos vio nacer, es algo bueno y necesario. Pero el país o el lugar que habitamos, no nos da ningún derecho adicional, no nos hace más diferentes, ni mucho menos, mejores que nadie. El amor hacia este mundo o hacia una parte del mismo, solo debe tener por misión reconocer, respetar y cuidar la maravilla creadora de Dios, pero siempre teniendo presente que nada terrenal es eterno. Incluso la Madre Tierra, con todas sus infinitas maravillas, pasará. Cada mundo y cada estrella pasarán. Este discurso, está en total contradicción con el discurso nacionalista; y lo está, porque los nacionalismos fomentan el apego, una de las mayores rémoras para el Espíritu. Se nos introduce en nuestras mentes el miedo a perder lo que tenemos ¡como si la tierra que habitamos nos perteneciera! Olvidamos que solo somos usufructuarios de ella. Liberémonos de ese miedo, porque ninguna nacionalidad es eterna. Solo el Amor Universal e Integrador perdura.

La persona nacionalista, guste o no, nunca será totalmente libre, porque es víctima de este miedo a perder lo que cree que le es “propio”. Olvidamos que nada nos es “propio”. Nacemos sin nada, y nada nos llevamos con nosotros, salvo nuestro Espíritu, lo único que verdaderamente nos pertenece. ¿Quieres ser absolutamente LIBRE?: libérate de lo que tanto miedo tienes de perder, no seas posesivo con la tierra que pisas, ella también pasará ¡PERO TU ERES ETERNO!

He conocido a muchas personas que actúan dentro de movimientos Nueva Era, que propugnan un solo corazón para una sola Humanidad, pero que sin embargo aun son víctimas de todos los miedos de los nacionalismos: miedo a perder la tierra o la “nación” que pisan, miedo al “extranjero”, al “invasor”, a que desaparezca su cultura (que desde luego desaparecerá, pues nada terrenal es eterno), miedo al que quiere derribar fronteras, porque eso significaría la desaparición de su preciada nación sobre el mapa. Dicen que todos somos UNO, pero no se atreven a abandonar su “nacionalidad” española, sudamericana, francesa, vasca o catalana…como si eso importase o diese mas “puntos” a los ojos de Dios (por no olvidar que en otras vidas han podido tener nacionalidades del todo diferentes, quizá incluso entre las que ahora odian). Están anclados, creedme, en el viejo paradigma, se resisten al cambio, a ser totalmente libres. Mas, ¿hay algo más libre que nuestro Espíritu Divino? ¡Este lucha denodadamente por liberarse de todos estos apegos y volar, VOLAR!

Hace poco conocí a un nacionalista catalán, que paradójicamente se mueve en círculos de lo que podríamos definir de Nueva Era. Me decía en una relativamente reciente conversación, que no podía sentirse unido al resto de los españoles (que son sus Hermanos, como el resto del mundo)”porqué éstos no vienen a decirnos: os amamos”. Aparte de que esta afirmación es más que discutible, ¿no estamos pecando de hipocresía? ¿No ama el Amor Verdadero sin esperar a ser amado? ¿no se supone que los que estamos dentro de estos movimientos, lo estamos porque ya hemos descubierto ciertas verdades fundamentales, entre las que debería estar el amar sin pedir nada a cambio, de que todos somos Hermanos y que la creación de fronteras solo causa sufrimiento y división entre los seres humanos? “Sabéis que se os dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis Hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? ¿no hacen eso mismo también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de especial? ¿no hacen eso también los gentiles?” Mateo: 5, 42-48.

La libertad de los pueblos que tanto propugnan los nacionalismos es falsa e ilusoria, porque, mientras vivamos en este estado físico y terrenal, no podemos ni debemos ser totalmente libres. La libertad humana, no es un derecho absoluto: nadie tiene el derecho de dañar al prójimo, de crear fronteras donde ni Dios ni la Historia ni la Naturaleza las puso; nadie tiene el derecho de crear apegos o sembrar el miedo ni el odio hacia el que no piensa como tu (¿de dónde se deduce que un proyecto político de un partido se transforme en un derecho inalienable de un pueblo? Por esa misma regla, cada municipio, cada valle y cada barrio tendría “el derecho” a emanciparse de sus hermanos “opresores”, con lo que llenaríamos el mundo de incontables fronteras). La independencia nacionalista es una quimera, y lo es, porque todos somos interdependientes; todos nos necesitamos los unos a los otros. No podemos construir oasis de autosuficiencia, porque ésta no existe. Estamos interconectados, lo queramos ver o no ¿Cómo no vamos a estarlo si todos somos UNO, si todos los seres humanos somos el mismo SER? La clase política descarga sobre el ser humano sus miedos, sus odios o sus frustraciones, cargando sobre sus espaldas responsabilidades que no solo no le son inherentes, sino que esclavizan al Espíritu, que nada sabe de fronteras, sí en cambio de UNIÓN y de verdadera Libertad.

La evolución humana se conforma de pasos, de escalones a veces muy difíciles de subir. Pero hay que avanzar. La existencia de los Estados y las naciones fue necesaria en el pasado. Pero el Nuevo Paradigma, la Nueva Tierra con la que tantos y tantos soñamos, nos pide un esfuerzo mas, otra forma de pensar y de conformar el mundo que nos rodea: la desaparición de las fronteras y las naciones, la formación de un mundo verdaderamente UNIDO y solidario. Bajo este punto de vista, los nacionalismos se convierten en un estado atrasado de la evolución humana. Como dijo Albert Einstein: “El nacionalismo, es una enfermedad infantil: es el sarampión de la humanidad”. Pasemos pues ese “sarampión”, ese estado infantil del Alma y crezcamos como Espíritus maduros, atrevámonos a ser auténticamente libres, libres de tantos miedos y apegos que nos atenazan.

El siguiente paso evolutivo, es descubrir la Gran Verdad que el Maestro de maestros, Jesús el Cristo, vino a decirnos: “No atesoréis tesoros en la tierra. Vuestro Reino no es de este mundo”. Ese Reino que nos espera es eterno e imperecedero, no como nuestras caducas naciones; ese es el Reino por el que verdaderamente merece la pena luchar, vivir y morir. Renuncio pues, a mi nacionalidad sea cual sea la que los humanos me hayan impuesto: el ser español, americano, francés, alemán, coreano o kosovar, no me aporta ningún orgullo; el verdadero orgullo es saberse Hijo de Dios.

En algún lugar del mundo, a 10 de diciembre de 2007.

J. Aitor González G.

Frases para la libertad

“Donde mora la libertad, allí está mi patria”: Benjamín Franklin

“La libertad consiste en poder hacer lo que se debe hacer”: Barón de Montesquieu

“La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor”: Albert Camus

“La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto”: George Bernard Shaw

“Los mayores enemigos de la libertad no son aquellos que la oprimen, sino los que la ensucian”: Vincenzo Giobertí

“Los que niegan la libertad a los demás, no se la merecen ellos mismos”: Abraham Lincoln

“Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”: Voltaire

Fuente: Textos recopilados de las páginas web Luz de Ilunum y Sieteluces, además de los canales de youtube Luz de ilunum y Editorial Sieteluces, textos propios y/o recopilados por el escritor e investigador José Antonio Iniesta Villanueva.

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